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Adiós a un hombre excepcional

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Adiós a un hombre excepcional
Kofi Annan

Hace apenas unas semanas se ha apagado la voz calmada, clara y firme de un hombre excepcional. Kofi Annan ha partido, temprana y sorpresivamente, al justo territorio de la leyenda. Para quienes fuimos sus colegas, colaboradores y amigos, son jornadas de tristeza y orgullo.

Sin altisonancias, con sobriedad auténtica y una inteligencia aguda, Kofi personificaba lo mejor del espíritu de una organización que fue su casa desde los 24 años, cuando un joven ghanés que había concluido recién su sólida formación académica ingresaba al departamento de presupuesto de la Organización Mundial de la Salud.

Por cuatro décadas y media puso sus talentos al servicio de la organización en los más diversos cargos: de la gestión administrativa a la de personal, de presupuesto a recursos humanos, de refugiados a operaciones de paz. En ese recorrido conoció como pocos las luces y sombras de Naciones Unidas. Como nadie, sabía de sus enormes potencialidades y sus complejas debilidades. Como pocos, entendía que este instrumento civilizatorio jugaba y juega un rol indispensable en la afirmación de nuestros valores humanistas compartidos. Que, frente a los horrores de la guerra, el hambre, la injusticia y la desigualdad, Naciones Unidas debe jugar un rol de referente moral y ofrecer una respuesta práctica, eficaz y viable.

Desde el corazón orgulloso del África negra, desde su invaluable experiencia en cada dimensión de la organización, Kofi fue pionero al asumir en 1997 como séptimo Secretario General de las Naciones Unidas, y le impuso su carácter al mandato que ejerció por diez años. En esta tarea, me tocó el honor de colaborar con este magnífico ser humano. Un verdadero regalo de la vida. Aprendí desde su oficina como Jefa y Vicejefa de Gabinete en sus últimos años de gestión la formidable tarea de las Naciones Unidas. Meticuloso, sereno y decidido. Estudiaba hasta la saciedad cada tema y exploraba sin estridencias sus soluciones, afirmado generosamente en las capacidades de sus colaboradores y del conjunto de la institución.

Kofi conjugaba siempre el nosotros, nunca el yo. Respetaba la importancia de cuidar “el círculo pequeño”, es decir, a los cercanos, a los que nos apoyan cotidianamente. Solo cuidando el círculo pequeño es posible actuar serenamente en arenas mayores y grandes ligas. Y no era una fórmula retórica, era la expresión coherente de su convicción y su acción, donde no había espacios para los personalismos y si, en cambio, la voluntad generosa del mentor que impulsaba lo mejor de sus equipos.

Tampoco brindaba flanco a la inercia. Entendía bien que un mundo en cambio, que transitaba el nuevo siglo cruzado por nuevos y mayores desafíos, requería de unas Naciones Unidas capaces de encararlos. De una institución que abriera sus oídos no solo a los gobiernos sino también a la gente, a la sociedad. De un organismo que involucrara al sector privado en las tareas compartidas de la agenda mundial por la paz, la seguridad y el cuidado del medio ambiente.

Kofi miraba atento la emergencia de los nuevos colores que tenían el paisaje del naciente siglo XXI y articulaba pronto los desafíos, pactos, herramientas e instituciones con las que explorar respuestas compartidas. Así sembró las semillas del nuevo sistema de Derechos Humanos de la mano del Estatuto de Roma, la Corte Penal Internacional y el Consejo. Así también empeño sus esfuerzos en la entrada en vigor del Protocolo de Kyoto, consciente de la urgencia de responder concretamente ante la amenaza del Cambio Climático. Y con el mismo espíritu, desplegó todas sus capacidades para alumbrar la Cumbre del Milenio y la aprobación universal de sus objetivos: la erradicación de la pobreza extrema y el hambre; lograr la enseñanza primaria y universal; promover la igualdad entre los géneros; reducir la mortalidad infantil; mejorar la salud materna; combatir el VIH/SIDA, el paludismo y otras enfermedades; garantizar la sostenibilidad del medio ambiente; y fomentar una asociación mundial para el desarrollo.

Comprendió la relación entre paz, seguridad y desarrollo a tal punto, que la Agenda 2030 es la heredera legitima de estos pasos previos y constata hoy la pertinencia de la visión de Kofi.

Su obra es vasta, su huella profunda y su adiós precoz. Su figura perdurará como inagotable cantera inspiradora, y su memoria como recordatorio permanente de que es posible, y necesario, vivir y actuar ceñidos a ese conjunto de valores que constituyen el mejor crisol de nuestra común humanidad.

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