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Después de un fracaso, ¿merecemos darnos una segunda oportunidad?

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Después de un fracaso, ¿merecemos darnos una segunda oportunidad?

Fernando Hernández Avilés / @generacambios

“Hice todo lo que podía, puse todo mi empeño, incluso en está ocasión me concentré como nunca para lograrlo, y, aun así, no fui capaz de lograrlo”.

¿Tenemos derecho a intentarlo una vez más?, ¿es importante intentarlo de nuevo?, aún y cuando el fracaso haya sido de gran escala, ¿puedo darme la oportunidad de ir de nuevo por el objetivo?, ¿pueden confiar de nuevo todas las personas relacionadas?, para darme un voto de confianza, y tratar de conseguir lo que no pude en una primera ocasión.

Pero, sobre todo, ¿puedo darme yo esa segunda oportunidad?, con las mismas ganas e intenciones que en la primera ocasión.

Y es que después de todo, ¿quién decide si podemos intentarlo una vez más?, ¿nosotros?, ¿los demás?, ¿el resultado?, ¿la necesidad?…

A veces es la emoción del momento, la elaboración del sentimiento de frustración e impotencia, la que nos aleja indefinidamente de intentarlo de nuevo, y conforme pasa el tiempo, hacemos de ese sentir una idea, una creencia, una sentencia que se consolida para futuras ocasiones, “no eres capaz de lograrlo”. En algunas otras, es la misma fuerza emocional, la inercia e ímpetu de no haberlo logrado, la que nos desafía de tal manera, que, sin pensarlo, reaccionamos emocionalmente al momento y nos aventuramos de nuevo por ello.

En el primer caso, pasamos por la emoción y nos seguimos de lado al sentimiento y pensamiento, en el segundo, nos quedamos con la emoción y no vamos tan lejos como para pensar las consecuencias de una reacción a lo que nos acaba de pasar, o pensamos demasiado las cosas, de tal forma que nos inhabilitamos involuntariamente, o de plano, no las analizamos a consciencia y nos vamos de filo a intentarlo de nuevo, con la misma perspectiva y recursos con que lo buscamos la primera vez.

¡Muy pocos resultados o triunfos se logran a la primera!, en casi todo lo que hacemos, aprendemos o emprendemos, requerimos de un proceso de aprendizaje, aún y cuando haya mucha preparación previa, aún y cuando hayamos elaborado y actuado en simuladores o escenarios controlados. Siempre habrá esos pequeños matices de realidad, que nos harán dudar del entrenamiento, del plan, o de la estrategia.

Si de antemano en el papel y mente sabemos esto, es igual de importante que nos preparemos emocionalmente para lo no considerado, para lo que está fuera del plan, para esa posibilidad del error, del tropiezo y del posible fracaso.

Incluso estadísticamente, es muy probable, que necesites un par de intentos para lograr lo que deseas, hay mucho más en juego, al momento de ejecutar las cosas en la realidad, que lo que a primera vista se supone sucederá. Habrá otros actores, intereses, objetivos cruzados, perspectivas, tiempos, necesidades y recursos, situaciones que podrás anticipar y posiblemente controlar, pero no en su totalidad.

A veces y de acuerdo a nuestra cultura, sólo pensamos en soluciones exprés, plásticas, del momento, somos muy duros, tanto con nosotros, como con los demás, y nos exigimos resultados a pruebas de errores, soluciones rápidas, eficientes y que además estén por encima de todo lo existente, sino eres tú, seguramente alguien más podrá hacerlo.

Y el hecho de que está idea esté en el imaginario social y laboral, puede ser un gran estímulo de presión innecesaria, que enfoca nuestras capacidades a la reacción y no a la acción, puede suceder que nos ocupemos más de no equivocarnos, que de realizarnos en lo que estamos haciendo.

Dejamos de sentir, de divertirnos, de adentrarnos en la actividad que estamos haciendo y de fusionarnos con nuestro objetivo. Nos concentramos en el one shot, en el intento definitivo, en el todo o nada, en el puedo o no, pensamos y vivimos el momento, sin importar o pensar un poco más allá.

Y aun cuando lográramos la meta a la primera, no faltará quien nos diga que fue la suerte, el azar, o esa bienvenida que nos da el destino, sin embargo, no siempre tendremos tal fortuna.

Si deseas fortalecer esa poderosa intención, esa capacidad de materializar lo que piensas en realidades, ese ejercicio emocional que se empodere en lo adverso, puedes empezar por reconocer la posibilidad de error, de que fallar una vez, no te hace menos capaz, ni te deja fuera del juego, sino por el contrario, te brindará perspectivas que quizá no habías considerado, aprendizajes que si los haces tuyos intelectual y emocionalmente, te facilitarán el recorrido en tu siguiente intento, y en el camino a nuevos objetivos.

A veces la dureza que debe nacer de un error, no es la de castigarnos, frustrarnos o sentirnos culpables. Sino la de mantenernos firmes e inamovibles sobre nuestra capacidad de lograrlo, después del fracaso.

Sabernos capaces de realizar las cosas, sobre todo después de equivocarnos, es algo que tanto en la tarea como en lo emocional debemos impulsar y sembrar, Nuestra cultura latinoamericana es históricamente solidaria y comprometida con el otro, debemos permitirnos la oportunidad de reconocer nuestros errores, así como los de los demás, dejar de lado el juzgarlos, criticarlos y sentenciarlos, puede acercarnos a esa verdadera esencia de apoyo, comprensión, empoderamiento y colaboración, que nos ha distinguido por años.

Evitar caer en un juego de ganar o perder, puede cimentar las bases de una comprensión que trascienda momentos, experiencias y sentimientos, alejándonos de la creencia de que, si no podemos a la primera, somos perdedores, y acercándonos a la acción social, de que, si no podemos a la primera, siempre habrá un para qué y con quién intentarlo de nuevo, hasta lograrlo.

Fernando Hernández Avilés

Presidente de la Asociación Mexicana de Resiliencia

www.resilienciamexico.org

Consultor Estratégico en Desarrollo Humano

www.generacambios.com

@generacambios / 5591919292

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