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Elogio a lo incómodo

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Necesitamos más personas incómodas. Que no tragan entero, que dudan, que se preguntan y, sobre todo, que entienden cuán incómodo es ser coherente.

Se nos ha enseñado mucho sobre el valor de la comodidad, pero poco sobre el poder transformador que tiene lo incómodo, una palabra que, desde la etimología, se refiere a la cualidad de necesitar esfuerzo o tener molestia. No sobra decir que la historia ha demostrado que la decadencia viene con los tiempos de laxitud moral e intelectual –entre otras faltas de esfuerzo–, y por eso es importante, por principio de conservación, entrenar la capacidad de incomodarnos un poco.
Recientemente, he pensado mucho en esto, no solo porque resiento que a la palabra incómodo se le culpe de cansancio, engorro, estorbo e irritación, sino, sobre todo, porque una de sus palabras antónimas es conveniencia. Y justamente de la conveniencia nacen los deseos de beneficio personal, los conflictos de intereses y los permisos que nos damos, sin saber que el precio que pagamos es mucho más alto que el valor de lo que recibimos.

Lo incómodo y los incómodos son el cuerpo espiritual de las transformaciones, en cualquier organización o sistema humano, incluyendo las ciudades. Quien los erradica, entierra procesos de cambio. De lo que hablo es de una sociedad que quiere lo que le conviene y rechaza lo que le incomoda. Es una sociedad sin disciplina y rigurosidad, sin capacidad de disenso y reflexión, pero, sobre todo, que se corrompe con la ligereza.

Esta reflexión llega en días de incomodidad, a raíz del informe de Transparencia Internacional sobre la percepción de corrupción en el país para el 2016, que vuelve a reclamarnos coherencia. Percibimos que Colombia es corrupta. ¿Quiénes son los corruptos?: ¿los gobiernos, las organizaciones, las personas? ¿Todos? Esa es la pregunta íntima.

Hace unos meses, Transparencia Internacional, durante Hábitat III (Conferencia de las Naciones Unidas sobre Vivienda y Desarrollo Urbano Sostenible), hacía un llamado urgente a incluir, dentro de la nueva agenda urbana, la lucha contra la corrupción en las ciudades, y lanzaba una cifra escandalosa: una de cada cuatro personas paga sobornos al año para adquirir un servicio público. Decía, además, que ese fenómeno tiende a aumentar, pues la corrupción tendrá más asiento en las urbes por su crecimiento y por la limitación de espacio y de servicios, lo que invita –por comodidad, agrego yo– al pago de prebendas y al tráfico de influencias para facilitar el acceso a los recursos.

Estas son solo algunas razones para abrazar la pedagogía de lo incómodo. Esa cualidad mal valorada, que nutre a las sociedades de la autocrítica, la reflexión ética ante las circunstancias de conveniencia y la capacidad de deponer el bienestar personal ante el bienestar de la sociedad, es lo que en últimas necesitamos para pensar en el devenir de nuestras ciudades.

Necesitamos más personas incómodas habitándolas. Personas de esas que no tragan entero, que dudan, que se preguntan y, sobre todo, que entienden cuán incómodo es ser coherente y, a pesar de ello, aceptan el reto diario que impone la tarea.

Claudia Patricia Restrepo Montoya
Exvicealcaldesa de Medellín.

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