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Inmigrantes: anhelos y luchas por ser incluidos en ciudades ajenas

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Las ciudades son el destino de millones de personas que escapan de cualquier drama o buscan un nuevo futuro. Las escenas son hoy comunes en ciudades de Estados Unidos, de Europa o de la propia América Latina. ¿Cómo son recibidos?

La cifra aceptada mundialmente indica que aproximadamente 250 millones de personas en el mundo han migrado de sus países de origen huyendo de los conflictos o en busca de mejores oportunidades económicas.

Su destino por lo general son las ciudades. Hoy por ejemplo en Colombia es común escuchar el acento de miles de venezolanos en las calles de las principales urbes, que ante la compleja situación de su país han debido buscar refugio. Antes en Colombia la ‘migración interna’ fue de personas desplazadas desde los campos a las áreas urbanas por causa de cinco décadas del  conflicto armado interno: seis millones de colombianos debieron despedirse de su lugar de origen y llegar a entornos urbanos.

En el mismo equipaje en el que cargaron sus dramas, sus miedos, sus desarraigos, empacaron su cultura: desde gastronomía hasta técnicas constructivas; elementos culturales que según Martha Villa, historiadora e investigadora de la Corporación Región (organización civil que trabaja por el fomento de la democracia y la paz) han enriquecido la vida urbana, en una dinámica poco estudiada que tiene en ese aporte cultural su aspecto más positivo, pese  a que en el mundo no siempre se recibe a los migrantes con los brazos abiertos.

La experta explicó  que en el caso colombiano, el aspecto negativo de esa movilización es que como estas personas deben llegar a ciudades que no les pertenecen, a procurarse el derecho a la ciudad, a ser tratados como ciudadanos, deben casi que pelear por los recursos de esa ciudad, luchar por arañar algo de esa disponibilidad para sobrevivir, e incluso muchas de sus acciones han sido depredadoras de las zonas periurbanas por ejemplo.

“También está la depredación de la ciudad. Mucha de esta población llegó a los bordes de las ciudades, a habitar las colinas como en el caso de Medellín y depredar el medio ambiente circundante. Pero también hay prácticas positivas desde el punto de vista cultural, prácticas constructivas que han enriquecido esa manera de habitar la ciudad, por ejemplo”.

Martha Villa, historiadora e investigadora de la Corporación Región

La investigadora reconoció que precisamente estas relaciones no han sido estudiadas con profundidad y con base en preguntas como qué le ha aportado esta población a las ciudades, cuál ha sido su proceso no solo de integración sino el nivel de reconocimiento de esa diversidad. “En Colombia la población afrodescendiente que migró especialmente de Chocó hacia Medellín, ya se dicen antioqueños”, recalcó Villa.

En ese sentido, explicó que los colombianos han sido una nación poco abierta a fenómenos migratorios a diferencia de otros países latinoamericanos como Argentina, Chile, Uruguay, Perú y hasta Brasil que fueron destino de europeos, especialmente por causa de las guerras mundiales y que llegaron por millares a refugiarse a este continente.

En Colombia hay colonias, indicó,  pero no es un país de migrantes. Acá llegaron sirios, turcos, libaneses, palestinos, pero en pocos números y apenas con la actual experiencia venezolana y guardadas las proporciones, el país no ha tenido grandes masas de migrantes pidiendo ayuda humanitaria internacional, por el contrario ha sido un emisor de migrantes, se habla de casi cinco millones de colombianos que salieron del país en las últimas décadas.

“Por ello en Colombia nunca se ha pensado el tema de qué significa  la multiculturalidad y su riqueza. Tampoco desde el tema humanitario se pensaba si eran sujetos o no de refugio, por ello hay muchas dudas”.

La mirada del otro

Pero llegar a un lugar ajeno es enfrentarse al otro, a ese que pertenece al lugar, es dueño de una ciudadanía, de un reconocimiento y tiene un espacio en el aparato productivo.

Es por ello, señaló Villa, que quienes llegan son mirados por los demás ciudadanos con desconfianza y por lo general en esa disputa de un lugar en el sistema económico, se configuran como una competencia para el empleo local; además de ser vistos en muchas ocasiones como mendicantes por las condiciones en que arriban a las áreas urbanas.

Es en este punto en el que afirma Villa, es necesario empezar a tomar como ejemplos las experiencias de otros países que recibieron oleadas de migrantes en sus ciudades, en procesos de inclusión e integración y vistos como población que enriquece la cultura, la vida social y económica de las ciudades.

El caso venezolano en Colombia

Con la crisis política y social que vive Venezuela desde hace varios años, a ciudades colombianas como Cartagena, Valledupar, Barranquilla, Bogotá o Medellín, han arribado cerca de 153.000 migrantes venezolanos de manera irregular. Aunque esa es la cifra oficial entregada por Migración Colombia, se estima que pueden ser muchos más.

La gran mayoría han empezado a permear el sector informal en oficios como la venta de comidas rápidas donde despliegan su cultura gastronómica, aspecto que cada día enriquece la cultura local al poner en contacto a los locales con estas expresiones, en un solo ejemplo de integración cultural.

Foto: Juan Pablo Bayona. Diario La Opinión de Cúcuta.
Foto: Juan Pablo Bayona. Diario La Opinión de Cúcuta.

En esta coyuntura, la historiadora  e investigadora Martha Villa, destaca que hay una ambigüedad en la forma como se ve a esta población.

“Respecto a la población migrante venezolana que está en auge, he visto prácticas solidarias. He visto grupos convocando a la solidaridad, a recoger alimentos, a acoger personas  en sus casas y eso ha sido llamativo en Medellín. Pero hay algo puntual que es el tema del empleo y eso es una constante con las migraciones en Europa, en cualquier parte del mundo, con ese tema del que llega  a ocupar un puesto de trabajo que le pertenece a una persona local, entonces se ve como una amenaza”.

Destacó la experta que ello tiene que ver con una reflexión profunda en torno a la mirada del otro, en este caso del migrante, del desplazado, como el que quita y no el que aporta.

A modo de ejemplo, Villa destacó “lo que han hecho países como Alemania, Canadá, Suecia, entre otros, es que han visto las migraciones como una fuente de riqueza cultural y económica”, concluyó.

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