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La educación sentimental

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Hace algunos años, cuando cursaba la maestría en filosofía, fue curioso ver la cara de quien se supone sería mi director de tesis -y que terminaría no siéndolo por razones que sabrán reconocer en este escrito-, cuando le dije que quería hacer mi trabajo de investigación sobre el amor y su relación con la ética y la educación. Lo cierto fue que el tema le encantó, aunque me sugirió no poner en el título de la tesis la palabra amor, porque, según él, podría parecer “muy sentimental”.

Mi decisión fue otra: conservar en el título la palabra amor. Pero en realidad esta historia despertó en mí un interés genuino por responder a la pregunta sobre por qué los humanos, seres emocionales por condición y vocación, renegamos tanto de ser tildados de sentimentales.

Un temor que resulta absurdo, entre otras cosas porque si de algo no podemos desprendernos es de los sentimientos. Son el resultado de percibir una sensación, tan cierta y real que inclusive podemos, casi siempre, ubicarla en el cuerpo: “me duele el corazón”, “se me revienta la cabeza”, “se me atoró la palabra en la garganta”, “sentí mariposas en el estómago”.

La dictadura del no sentimiento nos ha llevado, por complacencia social, a una actitud vergonzante sobre nuestras emociones, razón por la cual hemos terminado por ocultarlas en lo más profundo de nuestra psiquis, por no pasar de cursis o de sensibles en exceso. Esto es solo un engaño, pues la emoción y el sentimiento siempre terminan aflorando, a veces mediante la enfermedad u otras con el estrés o el malestar personal y social.

Qué tal imaginar ambientes, familias, escuelas, empresas y ciudades en las que los sentimientos sean expresados con naturalidad, en equilibrio y con inteligencia, donde las emociones como el miedo, la rabia, la tristeza y la alegría, sean parte de nuestra historia personal.

Qué tal reconocernos, sin vergüenza, como seres sentimentales y así abrazar la importancia de una educación que tenga por objetivo el desarrollo de competencias emocionales. Es increíble constatar los múltiples y comprobados beneficios que trae sobre la salud, el tener equilibrio  emocional.

Mente y cuerpo sanos son también el reflejo de una educación sientimental que permita acercarnos al conocimiento de nosotros mismos, que nos prepare y entrene mentalmente para la autorregulación emocional, mediante asuntos como la respiración y la consciencia plena, y que active nuestra empatía y capacidad para ampliar horizontes y desarrollar mayor proximidad.

Ese ejercicio de profundidad y extensión que son los sentimientos, también permite que la motivación y las habilidades sociales se potencien en cada uno de nosotros. No se trata de no sentir, cosa imposible, tampoco de no expresar nuestros sentimientos, sino de reconocer mejor las características y condiciones propias de cada emoción, desarrollar nuestra capacidad de equilibrarlas, hacerlas fluir con naturalidad y sin represión. Es desarrollar el mejor de los hábitos, fluir con los diferentes estados emocionales en equilibrio. Esa es la verdadera educación sentimental.

Claudia Restrepo M.

Responsable de capacidades Comfama

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