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Vivir en la ciudad

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Desde hace mucho tiempo que vivo en Buenos Aires, y si bien me crié en el área metropolitana, fue que a los 12 años nos mudamos con mi familia al centro de la ciudad de Buenos Aires y ahí cambió radicalmente mi forma de vivir.

Desde entonces me fui transformando en un arraigado porteño de ley, absorbiendo de a poco una forma de vivir diferente que me hizo crecer y desarrollarme bajo normas de convivencia muy diferentes a las que estaba acostumbrado. Jugar en la calle cuando era niño, era moneda corriente y no tenía teléfono celular ni reloj, solo me guiaba el instinto y el valor del respeto que me transmitieron mis padres. Recuerdo que mi madre me decía a qué hora tenía que volver a casa y yo me la arreglaba para llegar a esa hora porque así estaba determinado que fuera. Andaba en bicicleta, jugaba a la pelota, nos trepábamos a los arboles vecinos a “robar” naranjas, limones, moras. Se disfrutaba la calle de otra manera, no teníamos freno a la imaginación y nos ocupábamos de hacer algo diferente cada día.

Iba a la escuela durante la mañana y luego el juego y la reunión con amigos eran sagrados. No perdíamos el tiempo, enseguida sabíamos donde y cuando juntarnos sin necesidad de tener que usar un teléfono, que por cierto en esa época escaseaban.

Mi mudanza al centro de la ciudad me mostró un panorama diferente. Ya no jugaba en la calle, ya no andaba en bicicleta, ni salía con la pelota a patear un rato. El cambio de escuela también aporto cierta contrariedad en mis conductas porque mis nuevos compañeros tenían una visión diferente del juego en el barrio. Era todo mucho más planificado, se perdió la espontaneidad, las salidas a la calle ya no eran a cualquier hora y los lugares que se visitaban eran muy puntuales y controlados.

Con el paso de los años fui creciendo en un entorno agresivo, caótico, inseguro y en el que tuve que ir armándome de herramientas para subsistir sin ser comido por la avasallante presencia de agentes exterminadores que hoy siguen pululando por los mismos lugares que habitualmente frecuentaba en mi juventud.

Una ciudad debe ser inclusiva en todo sentido, cada uno de nosotros debe tener el espacio que necesita para moverse libremente y con seguridad, cada uno de nosotros es un ser irrepetible que de alguna manera intenta construir un camino, pero ese derrotero debe ser acompañado de elementos que nos faciliten esa construcción.

La infraestructura urbana debe considerar a los actores del transito de acuerdo a su nivel de vulnerabilidad, lo cual pone a las personas en el ápice de la pirámide y si empezamos a diseñar ciudades para las personas estaremos haciendo el camino más fácil y estableceremos códigos de convivencia urbana a escala humana que pacificarían las calles, nos darían aire limpio para respirar y no tendríamos necesidad de protegernos de agentes externos que perjudiquen nuestras vidas en una ciudad que fue hecha para nosotros.

Es fundamental que para lograr un entorno urbano amigable con las personas se empiece a priorizar la promoción de modos de transporte sustentables, como ser el tren, tranvía o bicicleta, que complementados entre si generaría un enorme ahorro de recursos económicos para el Estado que hoy malgasta el dinero de los contribuyentes en seguir desarrollando infraestructura para que circulen más autos, que generan más congestión y contaminación ambiental que cualquier otro modo de transporte. A eso debemos sumarle que culturalmente la gente esta mucho mas cerca del auto que de la bicicleta porque las ciudades, al menos en Latinoamérica, han demorado mucho tiempo en darse cuenta de lo beneficioso que resulta cambiar la modalidad en transporte urbano. En ese sentido es que debemos empezar a darle a la gente las herramientas para que pueda elegir inteligentemente de que manera moverse de forma más eficiente.

El transporte público y la caminabilidad de una ciudad hoy deben ser prioridad absoluta en las agendas gubernamentales, en materia de transporte, porque el auto esta cayendo irremediablemente en la más profunda obsolescencia y la industria automotriz, ahora dispuesta a promover los autos inteligentes y ecológicos, no logra argumentar beneficios en ese aspecto ya que no importa que tipos de autos pongas en la calle, el problema es el espacio que estos ocupan en detrimento del espacio que necesitan las personas para moverse de forma más cómoda, ágil y segura.

Caminar, pedalear y subirse a un tranvía deben ser las acciones que modifiquen culturalmente a nuestra sociedad y que progresivamente nos permita ir ganando el terreno que nos fue usurpado hace más de un siglo por el advenimiento y crecimiento de la industria automotriz que fue ejerciendo presión en el consumismo individual, creando en cada uno de nosotros la necesidad ficticia de comprar un auto para demostrar progreso económico y crecimiento social en la escala de valores sociales urbanos que hoy están en franco deterioro.

Yo ando en bicicleta todos los días y eso me permite darme cuenta de lo significativo que resulta la búsqueda permanente de modos diversos de transporte, y el auto no esta dentro mis opciones, y promuevo y estimulo a otros a que hagan el mismo ejercicio.

Las calles deben ser de las personas y seguiré mi camino de militancia por una ciudad segura, cómoda, ágil y limpia.

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