“Una ciudad sin afecto es una ciudad sin esperanza”: Darío Ruiz Gómez

LA Network - Equipo editorial

Hablar de la ciudad. Esa fue la invitación de LA Network que el escritor y urbanista colombiano Darío Ruiz Gómez aceptó con agrado. Al fin y al cabo, las reflexiones y vivencias citadinas abundan en cada página de sus libros, en sus ensayos, columnas de opinión y también en un sinnúmero de conferencias académicas, charlas informales y cátedras dictadas por más de treinta años en las aulas de la Universidad Nacional de Colombia.

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En el entorno de un lugar fresco y sosegado, en el que se advierte la limpieza y el esmero por el cuidado de la arboleda y los senderos peatonales –lugar seleccionado por él mismo para este diálogo–, su memoria fluida comienza a hilvanar pasajes que nacen en la Grecia antigua, “porque es en Grecia donde se forma la ciudad y, en ella, el ágora, que se caracteriza porque allí la aristocracia económica y social le da la palabra a los cabreros, a los artesanos, a los marineros, y de ese modo el ágora va teniendo un sentido y va adquiriendo una dimensión de diálogo ciudadano”.

Luego evoca a Borges, “que no ha dejado de repetir que la ciudad es el invento más grande que ha hecho la humanidad”. A Arthur Miller,“que en una de sus obras dice: yo nací en un barrio y el barrio es lo que me determina”. A Saul Bellow, “que en El legado de Humboldt, una inmensa novela de un poeta fracasado, nos muestra todos los barrios que componen Chicago, una obra que en realidad es una elegía al barrio”. A Trotsky, “que tiene un gran texto sobre la vida cotidiana que es, fundamentalmente, lo que asegura la cultura y la civilización”. A Rubén Darío y a Vargas Vila, “que nos cambiaron en la ciudad toda la iconografía mental y religiosa”. A Robert de Niro, “que realiza el festival neoyorquino de cine Tribeca en homenaje a su barrio”.

Hoy, Darío Ruiz Gómez (1936, Anorí, Antioquia), acepta que hace parte de aquellos que un día se vieron obligados a refugiarse en la intimidad de un apartamento, ante la evidencia amarga de que “el valor del encuentro es lo que hemos destruido en las ciudades”.

—Sin duda, profesor Ruiz, es duro sentirse un refugiado en su propia ciudad.

Sí. Sobre todo porque de mi barrio en Medellín –La Estación Villa–, y de la calle La Paz que tanto le gustó a Jorge Luis Borges, todos nos tuvimos que ir cuando ordenaron construir la Avenida Oriental. Las personas que allí nacieron y allí envejecieron, las formas de solidaridad, la historia del barrio, el recuerdo de los que murieron, todo eso nos lo borraron. ¿Y para hacer qué?: un adefesio. Por eso hace veinte años dije que La Estación Villa es el primer barrio en el exilio en una ciudad. También fue destruido el barrio San Benito. Y, en el centro de la ciudad, se ha producido una tugurización de las propiedades y de las calles, al aceptarse desde las oficinas de la alcaldía que una casa sea dividida en cinco pequeños negocios, lo que aleja a los habitantes y va creando esa frialdad que se ha ido apoderando del centro de Medellín. A lo que se suma las mafias que dominan el espacio público.

—¿Qué decir entonces hoy de la ciudad como tal?

—En la época medieval, ante la rigidez del campo y las condiciones tan terribles de los siervos, la ciudad se convirtió en sinónimo de libertad. En el capitalismo se convierte en sinónimo de explotación. Y hoy, por cuenta de organizaciones criminales y bandas armadas, en sinónimo de cierta forma de esclavitud y de sometimiento del ser humano.

—¿Qué pérdida es la que más lamenta de esa ciudad que existió en su pasado?

—Si no hubiera existido el urbanismo de los grandes paseos y de las grandes fuentes, el bolero, por ejemplo, no podía ser posible. El bolero está centrado en el valor del encuentro, que es lo que hemos destruido en las ciudades. ¿Dónde me encuentro hoy con un amigo o con una amiga? Casi no existe esa posibilidad. Tampoco la posibilidad para el adiós, que es tan importante en cualquier ciudad del mundo. Hoy los centros comerciales están reemplazando el espacio público. Pero no es lo mismo.

—¿Necesariamente hay que sentir nostalgia del barrio en el que un día vivimos?

Nueva York es una ciudad donde el capitalismo actúa como le da la gana, pero allí subsiste el barrio. Nueva York es una ciudad de barrios. Allí se están preocupando hoy por renovar los barrios. Están renovando Harlem, Brooklyn. Y renovar quiere decir que a barrios que entraron en la miseria comienzan a darles un nuevo sentido y a incorporar a la gente a una nueva forma de vida… En Medellín cometimos el error terrible de dividir la ciudad en comunas y ahí perdimos una tradición: dejamos de pertenecer a un determinado barrio. Hasta el más pobre tiene una referencia del barrio donde nació, de la calle donde vivió y quiere regresar a esos afectos. Yo, cuando escucho un tango, siento que a ese momento le falta el café de la esquina, le falta ese personaje que regresaba del trabajo y los muchachos que venían a su encuentro.

—Lo que llamamos vida cotidiana.

Claro. Y a mí me parece que lo importante sería volver a darle seguridad a la vida cotidiana. Y la vida cotidiana es, fundamentalmente, lo que asegura la cultura y la civilización. Yo añoro esos silencios que había en el Medellín de mi época. Los solares y el vuelo de las palomas. Las calles, las luces. La libertad.

—¿Una nostalgia válida?

Absolutamente válida, porque lo que estoy echando de menos es la libertad, lo que estoy echando de menos es el afecto. Una ciudad sin afecto es una ciudad sin esperanza. Y, como dice Gilles Lipovetsky, la ciudad donde no hay vecinos no es ciudad.

—¿Cómo revertir los problemas acumulados en la actualidad por la ciudad?

Hoy hay una capacidad en la gente de revertir cualquier situación. Y, por debajo de la dictadura de los gobiernos en las alcaldías y la mentira de los medios oficiales que disfrazan la verdad, uno descubre algo tan importante como las asociaciones de vecinos en los barrios, a las que los grandes teóricos de la ciudad en el siglo XX les dan una importancia muy grande. Esas asociaciones hacen tomar consciencia de que hay que defender la calle y el territorio y recuperar la vida en los barrios. Las formas de solidaridad no han desaparecido nunca de la gente. Siguen ahí. Eso es lo que a mí me da esperanza.

—¿Cuál ha de ser el papel de la juventud en la reconstrucción de la ciudad?

Como profesor, yo no me cansaba de decirles a los muchachos la consecuencia perniciosa que significa que ellos lleguen a la universidad y olviden o se avergüencen del barrio, del pueblo, de su papá que es un carpintero, de su familia modesta, como fue la mía. Ahí comienza el gran desastre de la cultura nacional en los últimos años, porque si no hay afecto no hay absolutamente nada.

—Y la mirada racional de un crítico del urbanismo, ¿qué imagen proyecta?

En mi época de estudiante, hubo grandes maestros de obra que se formaban en la Escuela de Artes y Oficios al lado de los grandes maestros europeos de la arquitectura. Y, además de las obras importantes en que participaban, esos maestros de obra tuvieron la grandeza de crear modelos a escala en su propio barrio. Por eso tuvimos barrios como Belén, La América, Boston, San Benito y tantos otros. O sea, era una mano de obra altamente calificada que es lo que busca hoy la arquitectura de calidad en el mundo. Pero, en muchas ciudades, cuando llegó la capitalización de la arquitectura, la producción en serie y el negocio de la vivienda, se descuidó por completo la calidad arquitectónica. Yo considero que la arquitectura debe cumplir un papel importante en el momento de redescubrir un personaje de fuerza como el maestro de obra.

—¿Conserva rasgos de identidad la ciudad latinoamericana?

—Creo que en este momento hay menos identidades a como sucedió con la ciudad colonial. Lima, Ciudad de México, Bogotá, Quito, Potosí, tuvieron muchos rasgos de identidad como la gran plaza central de dominio ideológico, el sistema de pequeñas plazoletas a través de las parroquias, la protección de los bordes para que la ciudad no se deteriorara, algo que resultó bien importante. Algunas de esas características aún subsisten. Luego viene la ciudad moderna, donde la influencia de la ciudad europea es asimilada rápidamente y donde hay una liberación espiritual, por decirlo de algún modo… Surge una Habana moderna, una Ciudad de México moderna, una Buenos Aires moderna. Yo considero que la ciudad latinoamericana está en este momento en una gran transición, como está sucediendo en Nueva York, o sucede en París que acumula el impacto de las grandes oleadas de refugiados del África y del Asia.

—Bueno, profesor, muchas gracias por el tiempo que nos ha dedicado. Que tenga un feliz regreso a su refugio.

Fue con todo el gusto. Pero es un golpe muy duro para uno tenerse que refugiar en la casa.