Comprender al mundo desde la cultura debería de ser una condición sine qua non para la construcción de cohesión social. Foto de Anderson Guerra en Pexels

En noviembre de 2020, el gobierno de Arabia Saudita organizó un foro paralelo con los ministros de cultura del G20, para hablar sobre la economía creativa y la contribución de la cultura a la recuperación económica y social. En ese espacio, Audrey Azoulay, Directora General de la UNESCO, exhortó a los líderes mundiales a repensar el futuro de la sociedad facilitando sinergias entre todos los sectores, incluyendo la cultura.  

Por otra parte, en febrero de 2022, la UNESCO presentó el informe mundial “Re-pensar las políticas para la creatividad: plantear la cultura como un bien público global”, el cual brinda recomendaciones para políticas intersectoriales de fomento a los ecosistemas creativos que aporten a la Agenda 2030 y al futuro sostenible de políticas culturales mucho más contemporáneas. Pocas semanas después, inició la invasión a Ucrania cuyos efectos han sido multidimensionales en todo el mundo, por lo que hoy más que nunca es clave hacer evidentes los aportes de la cultura para la reconstrucción de un mundo en crisis.  

En la década de 1960, el antropólogo Clifford Geertz señaló que la cultura es una red de significados y significantes que se caracteriza por su papel público y que engloba producciones materiales, inmateriales y simbólicas. Comprender el mundo desde la cultura es pues reconocer que las producciones humanas otorgan sentido a las comunidades y las proveen de identidad y legitimidad. Ante las crisis globales, de nada sirve la adopción de medidas de repliegue o de reacción defensiva. Más allá de las estrategias de resistencia de los pueblos, necesitamos impulsar profundos replanteamientos a fin de construir movimientos globales que se orienten hacia el fortalecimiento de los valores democráticos, la diversidad, la equidad y los diálogos entre naciones y regiones. 

En el siglo XXI, el diálogo a partir de estrategias culturales debería de convertirse en eje rector de las negociaciones, la diplomacia y la cooperación. No podemos dar la espalda a este principio y pensar a la cultura como elemento desconectado de las sociedades en crisis y de sus emergencias. Bajo tales conceptos, es importante señalar que la cooperación cultural para el desarrollo sostenible es un mecanismo de formación de legitimidad, que permite establecer espacios para encontrar equilibrio y apoyo en la resolución de conflictos. 

Comprender al mundo desde la cultura debería de ser una condición sine qua non para la construcción de cohesión social, reconciliación entre los pueblos y paz entre las naciones. La aspiración a la paz requiere de un compromiso activo, un liderazgo crítico, nuevos valores educativos, innovación social y una ética ilustrada de los medios, a través de la  articulación de redes efectivas de cooperación cultural internacional para el desarrollo sostenible, para vincular políticas públicas en los contextos complejos del mundo actual. En este sentido, sería deseable que la Conferencia Intergubernamental de Políticas Culturales – Mondiacult 2022, que se llevará a cabo en septiembre de este año, sirviera para plantear alternativas y salidas a estos retos.