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El dolor de las causas perdidas

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La gobernabilidad ha sido sometida por un ego devastador e inconsciente, auspiciado por la sed de conquista, la hostilidad de una campaña eterna

El dolor de las causas perdidas
Dicen que somos aquello que conocemos, inmiscuidos en la cultura, capturados por el lenguaje… animales políticos que cambian de calle si ven la policía de tránsito a lo lejos. En este ‘sancocho’ de realidades, uno de los países con los niveles más altos de desigualdad.

El poder como fruto de la polarización: mancillar la inteligencia colectiva y agitar las emociones de una generación desequilibrada por exceso. Mentiras, manipulación y cortinas de humo, asaltar los medios con obviedades superfluas para encubrir el asunto puntual: la administración de los recursos públicos. Cada peso es el esfuerzo de la población, invertido en contratos falseados para pactar y sostener la lealtad de mercaderes de votos; no hay gobierno, es disputa de cara a nuevas elecciones, más frecuentes de lo que parecen. La incompetencia prepotente y el capricho de protagonizar, la infantilización ciudadana y la banalidad con la que se decide en lo público sobre la vida cotidiana de muchísima gente.

Ganar elecciones a toda costa solo demarca la perfidia de nuestro sistema democrático. Nadie puede asegurar el triunfo más que un control parcial o total de las instituciones que administran los procesos electorales, desgraciadamente, parece ser esa la actividad principal de la burocracia puesta por prestación de servicios. Fiscalía, contralorías y el ministerio público también hacen lo propio: garantizar su elección en la terna posando como mejor postor ante la confianza de las colaciones de gobierno. La honorabilidad del servicio público ha sido socavada por la corrupción y aniquilada por un pueblo desesperado en la necesidad.

La resistencia aflora en terrenos de indignación y cansancio, sin embargo, no hay un sueño que convide en el desorden de intereses a una sociedad herida y fracturada, pero sí unas causas que suscitan a la desobediencia masiva: la reticencia de los gobiernos a gobernar con popularidad tomando por menos la sensatez, la transparencia, la responsabilidad y la ética. Gritan muy fuerte a personajes sin escrúpulos.

Tanto poder y no saber qué hacer con él. El poder, como el amor y las emociones fuertes, es adictivo. Bien planteaba Maquiavelo, el fin último del poder es conseguirse, sostenerse y sostenerlo.

Me gustaría puntualizar situaciones, pero por las instituciones en mención, sabrán que me refiero a Colombia y sus divisiones político-administrativas locales, regionales y centrales, aun así, sería ingenuo señalar con nombres propios o fanat-“ismos” extremistas o indecisos a la ejecución sistemática del juego: ingreso a un equipo político (directa o indirectamente mediante financiación y compromisos adquiridos, pactos, contrataciones) donde me juego mis intereses y aspiraciones personales – que son válidas pero cada vez más lejanas y precarizadas por la convulsión del cambio constante de las necesidades y quien las cubra, por ejemplo, la sobreoferta de abogados y la costosa demanda de científicos para cubrir los trabajos que hay que hacer por el desarrollo de áreas específicas y necesarias para el sostenimiento de la nación – en un contexto difícil donde se torna más factible de “ganar” si dicho equipo que apoyo accede a gobernar o, por lo menos, logra una significativa representación que le permita negociar con el poder a favor de las maquinarias y quienes las integran.

Pero el poder, decía Foucault, no es algo que se defina sino algo que se ejerce, que ejercemos y nos aplican todo el tiempo. Intereses propios que nos resultan trascendentes en lo personal, pero en realidad son fútiles pretextos con los que se pretende justificar el daño que se le hace al presente de cientos, quizá a miles o a millones de personas. Alcaldías que se pretenden, reelecciones, escalar a espacios de mayor incidencia: congreso, gobernaciones y presidencia en juego… mientras tanto las necesidades contingentes de las personas se reducen a marketing político, y por supuesto, a los intereses del equipo político que pretende o tiene el poder.

La tibieza es el peor de los males políticos porque proviene de humanos superfluos, sin carácter ni templanza, son el plástico del agua embotellada; los delirios de dictadores son propios de tiranos, que en su obscena megalomanía consideran el privilegio del salvador absoluto; la insolencia del principito vulgar, camaleones que matarían al rey por ocupar su lugar; alternativos de regiones donde no son tal, influenciadores que no superan intelectualmente la pubertad; con todos los demás, es seguir jugando a la patria de papel.

Tantos los discursos para el desierto donde hay un oasis, cuando se refieren al frondoso trópico ingobernable por un Estado con aproximadamente el 30% de gobernabilidad y casi un 40% de gasto público en funcionamiento, el Estado fallido que parecía acaecer se transformó en criminal cuando las Fuerzas Armadas en cabeza del gobierno central perdieron toda credibilidad frente a una intención real de paz. Propaganda internacional de negociación ‘reality’ y negocios de armas y dotación militar, son dos caras de una misma moneda que bien podríamos llamar: desconexión, nula empatía y hambre por la cartera nacional.

La legitimidad ya ni los jueces la reclaman porque la impunidad supera el 90% aun cuando un gran número de reclusos por asuntos penales no tienen sentencia que les condene, las víctimas del conflicto armado más largo de Latinoamérica son vistas como enemigas de la hipocresía de todas las escalas de gobierno, y es que la violencia institucional ya ni en Twitter se contiene. Colombia, el país que hace lobby de cómo asesinan líderes y ciudadanos inocentes.

Si algo he aprendido de los poderosos políticos con quienes he podido conversar, es que nadie debería gobernar con odio y resentimiento, ni la humanidad debería permitir que la comodidad del populismo nos arrebate la única esperanza: nuestra propia carrera colaborativa por la armonía social y la felicidad personal. Ningún político tiene la barita mágica para corregir nuestra propia realidad, y esto es tan contundente que popularmente se festeja la ilegalidad.

Nadie está por encima de nadie, pero quien aplasta se debe apartar.

Toda causa por el poder es perdida porque al ser humano le sobreviene inminentemente la muerte, más las decisiones tomadas hasta entonces, pueden someternos a anunciados fracasos colectivos, evitables pero inconscientes a nuestro cotidiano afán. Reducir al otro restringiéndolo de todo carácter moral nos ha conducido a una guerra constante y la degradación de nuestra capacidad para pensar: las balas suenan más duro que cualquier opinión que nos invite a tejer y perdonar porque para eso debe primar el principio de igualdad. Reconocernos: identidad y dignidad.

No estamos muy lejos de nuestro fracaso narco-cultural si no cuestionamos a tiempo nuestra propia funcionalidad a sus fines y es que son los ‘jefes’ porque nosotros mismos aprendimos a ignorar, no escuchar, censurar, estigmatizar a nuestros pares mientras aspiramos a ganar dinero sin mucho esfuerzo y que se permita despilfarrar. A la politiquería mediática le debemos el amarillismo, las mentiras que encubren y cierto grado de ansiedad conducida en parte por la parcialidad, que se admiren las barrabasadas de las ‘fichas clave’ de equipos políticos y que se maquillen las cifras ante la posible creación de veedurías ciudadanas que son derecho constitucional.

Los límites del Estado como nuestra identidad nacional están tan desdibujados como nuestro entendimiento de las leyes, y no es que se necesite que todos seamos el legislador, sino que el legislador legisle consecuente a sus electores. Quizá encontremos un poco de la lógica extraviada de las normas en la abstinencia al voto que supera el 60%, los certificados electorales que les expiden a los muertos y un modelo educativo desgastado como la idea de centralismo en medio de la avasallante diversidad que poseemos. Un país inmensamente rico si se ve desde los ojos que observan desde territorios donde aún apremia el afecto, quizá por eso Macondo también es un cuento.

¿Espacios para la esperanza?

Cada persona es un individuo con posibilidad de autonomía y contiene al universo, deber de responsabilizarse con sus acciones porque es inevitable que para el mundo tengan efecto.

La libertad consiste, entre otras cosas, en dar razón sobre nuestro criterio y en la medida de nuestra potencia, convertir nuestro entorno en eso que pretendemos y ponderamos bueno. La responsabilidad requiere respetar al otro y hacer lo propio con los defectos y los talentos que tenemos; responder, precisamente, por nuestro lugar con, en y junto a lo otro donde nos cosechamos, nos cultivamos, damos fruto y florecemos. Cultivar la virtud, diría Aristóteles a Alejandro Magno, y respetar el pensamiento, comprenderlo, para bien gobernarlo(s).

Hannah Arendt nos invita a asumir, asumirnos, observando… hacemos parte del juego político todo el tiempo; nuestros diplomas académicos, licencias, registros, tributaciones, resoluciones, permisos, impuestos, subsidios, ¡documentos de identidad!; detrás de cada acción hay muchísimos seres humamos entregando su tiempo a un sistema estatal que está vivo en cada uno de ellos, en cada uno de nosotros. Pensar en qué y cómo ejecutamos las normas y las órdenes, qué clase de normas y órdenes nos están imponiendo, qué tipo de personajes e intereses estamos validando en la pasividad que tímidamente se torna a complicidad, y a este ritmo, de consecuencias históricas.

Una república No-democrática en tanto la propiedad es violentada y el patrimonio material e inmaterial se somete coercitivamente al detrimento.

En la concepción de algunos pueblos ancestrales de la tierra del sol, el territorio es extensión del cuerpo y en tanto sus territorios sean explotados por concesiones de terceros, sus cuerpos son despojados, y como occidente: afectados en sus derechos. Culturas ancestrales y occidentales que pretenden igualar a partir de la pobreza, desde la precariedad. Economía mafiosa, un feudalismo terrateniente que se capitaliza desde la barbaridad. Una reforma rural que no da espera cuando se fumiga grupos poblacionales como afrenta a la humanidad, el Estado militar se quiere como a los años 50′ y disidencias que tienen influyente apoyo internacional, se sigue desplazando, acumulando miseria en municipios que son ciudades forzadas sin planificar. Una agenda que se va a postergar mientras las matas de coca y cannabis sean ilegales y monopólicas, u oligopólicas como la minería.

La guerra de, contra y por las drogas está perdida porque la guerra en sí misma es un fracaso para la humanidad. Investigación, regulación, ciencia, liberación de mercado y salud pública: nuestra generación debe estar en capacidad de consensuar sus prejuicios para avanzar como comunidad mundial.

Dicen que somos aquello que conocemos, inmiscuidos en la cultura, capturados por el lenguaje… animales políticos que cambian de calle si ven la policía de tránsito a lo lejos. En este ‘sancocho’ de realidades, uno de los países con los niveles más altos de desigualdad, requerimos de muchísima empatía para perdonarnos por discriminar con desprecio y perdonar los golpes cegados de la otredad. No hay reforma ‘solidaria’ que valga mientras no haya reconciliación: el diálogo constante entre diferentes, en la base, que es el conflicto donde se excluye la violencia para dar paso a la paz: justicia social.

¿Salvar a Colombia? En manos de cada persona que habitamos este bello territorio nacional; un paro que se avecina y un Estado que se arriesga por aprobar una reforma tributaria en tiempo récord, antes de que la cartera que sostiene dicha ficción se agote…

Pintura: El retrato de una época, La República (1953) – Artista: Débora Arango

… ¡ahí tienen su #&*[email protected] patria pintada!

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