El estado de deterioro que presenta el Metro de Nueva York sirve de ejemplo a los metros latinoamericanos para comprender la importancia del mantenimiento preventivo y la planeación.

Cuántos de nosotros no hemos recorrido y disfrutado Nueva York, la capital del mundo. Una ciudad hecha para caminar y accesible gracias a su sistema de transporte masivo. Nadie puede negar que el “New York City Subway” sea uno de sus grandes activos. Pero también es hoy uno de sus mayores dolores de cabeza.

La primera línea del metro subterráneo de Nueva York se inauguró en 1904. Desde esa fecha se ha venido configurando uno de los sistemas de transporte más grandes del mundo, compuesto hoy por 24 líneas y 470 estaciones que funcionan las 24 horas los 365 días del año y que moviliza cerca de 5 millones de personas al día.

Sin duda, el gran interés y preocupación de sus administradores fue durante muchos años ampliar el sistema y tener más líneas, pero relegaron la modernización y la renovación de equipos a un segundo plano. Pero cuando ya te das cuenta que debes modernizar, observas también que la inversión económica que debes hacer es gigantesca.

Hoy el Metro de Nueva York está precisamente en esa encrucijada. Necesita por lo menos 800 millones de dólares anuales para recuperar entre otros, los sistemas de señalización (semáforos y cruces), los sistemas de control y repotenciar y renovar trenes, elementos todos que ya presentan un terrible deterioro, al punto de poner en riesgo la seguridad y la vida de los usuarios en varias de sus líneas.

Por ejemplo, en el caso de las líneas subterráneas, las ratas han afectado enormemente el sistema de operación y de señalización. En ciudades como esta, bastante frías en invierno, los roedores buscan el calor de los cables y los empiezan a morder, lo que incrementa el riesgo de daños y cortocircuitos y se convierte en un asunto delicado. Y aunque ya existen tecnologías desarrolladas para estos casos -como los cables a prueba de roedores-, las inversiones no se han hecho en la cantidad y la celeridad que merece un sistema como el neoyorkino.

Igualmente el metro registra problemas de retraso en las líneas por mala operación, lo que lleva a incumplir los tiempos de recorrido y perjudica de manera grave a los usuarios  que pierden citas, reuniones o hasta empleos, en una ciudad global sensible a este tipo de temas.

Está claro que Nueva York no tiene los 800 millones de dólares anuales necesarios para la renovación de los sistemas y es por eso que su actual alcalde, Bill de Blasio, ha prometido gravar con un impuesto especial a las personas más ricas de la ciudad, para que sean ellas quienes asuman este costo.

Pero el grave problema que tiene el alcalde del partido demócrata es que el impuesto necesita la aprobación de los legisladores del Estado de Nueva York, en su mayoría republicanos, así que parece poco probable sacar adelante esta iniciativa.

La enseñanza que deja el caso del Metro de Nueva York es que la inversión que se deja de hacer en el mantenimiento de un sistema después se multiplica en el momento que ya hay un desgaste importante y muchas veces hace inviable esa renovación. El mantenimiento puede parecer costoso inicialmente,  pero en el momento en el que ya se deteriora del todo un sistema (en este caso de transporte), volver a llevarlo a un nivel normal es muy oneroso.

Los metros más recientes construidos en América Latina protegen esa inversión e intentan planear de la mejor manera los procesos de mantenimiento. Pero en ciudades donde el sistema metro tiene muchísimos años de funcionamiento –como Ciudad de México y Buenos Aires-, se nota que hay un deterioro importante y que no fueron dedicados recursos para el mantenimiento. En algunas líneas de Ciudad de México, por ejemplo, los trenes funcionan de forma manual, lo que no es para nada confiable.

No lo olviden: lo que se deja de invertir en mantenimiento preventivo al final se convierte en mantenimiento correctivo y mucho más costoso. Y aplica para ciudades que ya tienen un sistema metro o aquellas que están trabajando en construir uno.

Hasta pronto y gracias por su lectura.