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El transporte público masivo en la encrucijada

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Nadie estaba preparado en el mundo para la pandemia de la Covid-19. Quien diga lo contrario está mintiendo. La realidad es que toda nuestra vida cotidiana se trastocó y en ella, un aspecto fundamental como la movilidad también ha visto un cambio en los hábitos.

Una de las primeras medidas que se tomó en casi todo el mundo fue restringir el uso de los sistemas de transporte masivo. En el caso de Latinoamérica hay que decir que siete de cada diez viajes en las ciudades se realizan en transporte público o colectivo. Pero a pesar de esta alta dependencia fue necesario cerrarlo por razones epidemiológicas.

Las normas de bioseguridad prohibieron el uso, pero luego el miedo ciudadano a usar esta clase de transporte también se ha hecho evidente. En Santiago de Chile, por ejemplo, en el metro se realizaban casi 3 millones de viajes en un día normal. Hoy solo tienen entre un 10 % y un 15 % de esa afluencia. En Nueva York la cantidad de pasajeros en el metro no llega al 20 % del número habitual antes del coronavirus.

Sin embargo, lentamente, en la medida en que se han flexibilizado las normas y se ha visto la necesidad de la reapertura gradual de la vida económica y social, las ciudades han permitido el uso de este transporte bajo unos mínimos. En el caso de las ciudades colombianas, se permite el uso hasta del 35 % de la capacidad total de pasajeros. Así operan hoy el Metro de Medellín y el Transmilenio en Bogotá, entre otros.

Es claro, eso sí, que la rebaja drástica de pasajeros ante la obligatoria distancia social para evitar el virus tiene al sector en números rojos, lo que representa un enorme riesgo para su sostenibilidad futura.

Es ante este escenario de fragilidad que la ministra de Transporte de Colombia, Ángela Orozco, planteó la posibilidad de aumentar el nivel de ocupación de los sistemas de transporte masivo para llegar a un 70 %, esto sobre la evidencia aportada por varias investigaciones de los pocos riesgos de contagio en el transporte público, aunque vale advertir, no del todo concluyentes.

“Las personas se contagian más en los sitios de trabajo por descuido (…), los medios de transporte son seguros si se utilizan los protocolos de bioseguridad”, explicó la ministra a un medio nacional. Agregó que, según la evidencia, en los trayectos cortos hay poco riesgo de contagio.

De acuerdo con un reciente informe del New York Times sobre el tema, los estudios que más sustentan el argumento de no contagio en el transporte vienen de tres ciudades globales. En París, las autoridades de salud hicieron el rastreo de contactos y descubrieron que ninguno de los 386 grupos de infección identificados entre principios de mayo y mediados de julio estaban vinculados al transporte público parisino. Mientras tanto, un estudio de los grupos de coronavirus en abril y mayo en Viena (Austria) no relacionó ninguno con el transporte público. Y en Tokio tampoco se ha encontrado una relación entre el contagio de Covid y el uso del transporte público. Aún así, las autoridades en la capital japonesa vienen haciendo en los casi 3 000 trenes del metro una aspersión superfina de un compuesto a base de plata, aprovechando las propiedades antimicrobianas de este elemento para repeler el virus de las superficies.

Lo cierto es que solo el cumplimiento estricto de las medidas de protección podría ayudar a superar el temor de los contagios en los sistemas de transporte masivo: la primera y más importante, el uso del tapabocas, no hablar en los recorridos en el metro, regular el distanciamiento social, mejorar la ventilación de los trenes y vehículos, programar trayectos cortos y fortalecer las desinfecciones de las unidades.

Sin duda, será todo un desafío llevar de nuevo los pasajeros a estos sistemas de transporte masivo. Los miedos son evidentes. No será sencillo recuperar luego de la pandemia el número habitual de usuarios. Muchos ya han mudado o mudarán a bicicletas (nada mal) pero también a motos u automóviles, sobre la percepción de que ello hace más seguros sus viajes.

Pero el mayor reto tendrá que ver con la asistencia financiera que requerirán estos sistemas por parte de los gobiernos locales. La gran espada de Damocles es que las finanzas de esos gobiernos están ya deterioradas por cuenta del bajón notable de sus ingresos y esto obligará incluso a que los gobiernos centrales tengan que incluir fórmulas de asistencia para los sistemas de transporte masivo dentro de sus paquetes de salvamento o de reactivación económica.

La encrucijada para el transporte público masivo es clara y lo cierto es que no podemos dejarlo morir ni deteriorar en su estabilidad económica. Podría significar un retroceso enorme para las ciudades que habían avanzado en materia de movilidad sostenible.

Hasta pronto y gracias por su lectura.

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