La principal preocupación que enfrenta Colombia respecto a los impactos del cambio climático, está en detener la deforestación, porque según la (WWF), en este país se han deforestado 6.578.467 hectáreas de bosque en los últimos 26 años; a esto le podemos sumar la desaparición de los glaciares, que de acuerdo con los datos más cercanos que arroja el IDEAM y donde dice que el área glaciar Colombiana se redujo en un 60% los últimos 50 años pero que además tiene una tendencia de pérdida anual del 3% o incluso puede ser más amplia, lo que nos deja con un panorama gris oscuro, frente a la sostenibilidad del recurso hídrico de toda la nación.

Todo eso sin tener en cuenta que En los primeros seis meses de 2020, el acaparamiento puso fin a 76.200 hectáreas de bosque primario en la Amazonia Colombiana, que es más de la mitad de la pérdida registrada en el 2019, en donde se arrasaron 91.400 hectáreas de este ecosistema y es que esta cifra es muy por encima de los años 2015 y 2016 que habían sido considerados como los peores años. Si la deforestación sigue con esta alza, a final del 2020 el asunto tomará señales catastróficas para los bosques y la crisis climática aumentará su furia.

Sin embargo existe un dato mucho más desconcertante  entregado en informe de septiembre 2020 de la WWF en donde según el Índice de Planeta Vivo (IPV) que mide la abundancia de casi 21,000 especies desde 1970 hasta 2016 en poblaciones de mamíferos, aves, peces, reptiles y anfibios a nivel global, revela que la mayor pérdida de las especies antes señaladas se estableció en un 68% en promedio a nivel global y, una de las principales causas es el cambio del uso de suelo para producir alimentos.

Por otro lado la pandemia del COVID-19 puso en evidencia la relación entre la salud humana y la naturaleza y, la necesidad de transformar la manera como nos relacionamos con el planeta. Siendo América Latina la que entrega los peores resultados frente a la pérdida ecosistémica con una reducción importante en promedio del 94%. Desde los seres más diminutos como los microorganismos hasta los más grandes del planeta como los elefantes o las ballenas, así como los suelos donde habitan, enfrentan un serio declive. El Cambio de uso de suelo destaca la relevancia de este, como un componente crucial para el entorno natural y cuyo papel resulta vital para la biodiversidad y todos los servicios ecosistémicos de los que de se depende, y aún así suele ser subestimado. Se advierte que sin la biodiversidad del suelo los ecosistemas terrestres pueden colapsar, ya que hasta el 90% de los organismos vivos de estos ecosistemas, pasan parte de su ciclo de vida en estos hábitats. La variedad de sus componentes, llenos de aire y agua, crea una increíble diversidad de hábitats que sustentan nuestra vida en el planeta.

También alerta sobre el creciente riesgo de extinción de especies vegetales. Se calcula que una de cada cinco especies vegetales (22%) se halla amenazada de extinción, en su mayoría en zonas tropicales. Su pérdida conlleva graves consecuencias, pues las plantas constituyen los pilares estructurales y ecológicos sobre todos los ecosistemas terrestres.

Por otro lado, existen evidencias de una pérdida reciente y acelerada de insectos, de su diversidad y  su biomasa, particularmente en Europa Occidental y en Norteamérica. Dado que la agricultura intensiva empezó mucho antes en estas regiones, parece bastante probable que esta reducción haya sido ocasionada por perturbaciones antropogénicas como el cambio de usos del suelo y el uso de pesticidas y otros agroquímicos. En particular es de resaltar un notorio descenso de especies de polinizadores, tales como abejas y abejorros en Norteamérica.

Hoy más que antes, se está sintiendo la crisis climática, por un lado el aumento constante en las temperaturas de algunas regiones del país; y de otro lado, las grandes cantidades de agua lluvia que caen que por lo general han generando desastres y miles de muertes humanas. Si bien es cierto Colombia aporta menos del 1% de emisiones de gases efecto invernadero, también lo es, el hecho de que este dato en términos de eficiencia no refleja en nada los desastres que ha provocado la minería en todas su presentaciones, porque esto aumenta  la producción de las emisiones de gases efecto invernadero, por otro lado las lluvias en los Andes colombianos se está volviendo cada vez más estacionales, con una  humedad reducida y con menos presencia de nubes.  Es difícil atribuir los cambios climáticos y de lluvia al mal uso y a las alteraciones antrópicas en la tierra. Pero día por día los equipos de investigación se concentran en afirmar que las huellas que deja la deforestación son cada vez más visibles y su participación en la crisis climática se acentúa cada vez más.

El asunto del cambio climático es muy complejo, no solo porque por la posibilidad de tener que emigrar a la producción con otras energías para reemplazar los combustibles fósiles. Sino que también se hace complejo, por no decir complicado, a causa de los intereses económicos y políticos que nos presentan en cada región del país. Podría concluir diciendo que la transpiración de los árboles es esencial para generar nuevas precipitaciones a favor del viento y que debemos conservar y preservar los árboles urbanos, no importa donde se encuentren plantados, pero el corazón de este proceso está en los bosques supervivientes, donde la transpiración es más intensa.

Es conveniente que para reactivar este país “post pandemia” los gremios económicos de Colombia y el gobierno nacional se salgan de su zona de confort y replanteen la noción de desarrollo y crecimiento económico y miren una nueva posibilidad de desarrollo, donde  los principios de conservación sean sus más fuertes aliados y nos jalonen con nuevos emprendimientos sin afectar la biodiversidad.

Miguelángel Sierra @biosierra