La industria del cine Latinoamericano y la indiferencia

VICTORIA CONTRERAS - Directora General de la empresa cultural Conecta Cultura S.C.
29 marzo, 2022 - Ciudadanía Sostenible
Foto de Kyle Loftus en Pexels

Durante la 94ª edición de los premios Óscar, la industria del cine de América Latina obtuvó buenos resultados. Como mejor cinta ganó la estatuilla la producción independiente CODA, cuyo productor es el actor mexicano Eugenio Derbez. La película “Encanto” inspirada en temas colombianos, ganó como la mejor película de animación y en la gala se interpretó la canción “Dos oruguitas” por el cantante Sebastián Yatra. El cortometraje chileno “Bestia” dirijido por Hugo Covarrubias, estuvo nominado a mejor corto animado y aunque no ganó, expone ante el mundo la historia de la torturadora Ingrid Olderöck. 

La industria del cine en América Latina ha mostrado avances importantes en las últimas dos décadas, frente a la indiferencia y el desconocimiento de quienes toman decisiones en las políticas públicas que deberían de dirigirse a incentivar, fortalacer, proteger y promover las formas de creación, producción, distribución y acceso del cine latinoamericano. 

Los productores de películas de la región saben que lanzar al mercado productos cinematográficos les redituara menos que su costo. De acuerdo con el último informe global de la UNESCO, a nivel gubernamental el 71% de los países de renta baja declaran que alguna vez han respaldado u organizado oportunidades de formación y mentorías para ayudar a la sociedad civil a mejorar sus capacidades de comunicación, promoción o recaudación de fondos para la industria del cine, televisión y videojuegos. Pero al mismo tiempo, reconocen que los programas públicos dirigidos a la industria cinematográfica son menos frecuentes y no prioritarios.  

La primer ceremonia de los premios Óscar realizada en 1929 inició como un almuerzo privado bianual para 270 personas, pero en apenas diecisiete años la industria estadounidense comprendió la importancia de las cadenas de valor del cine como parte de los procesos culturales globales, las relaciones de poder, así como de las estrategias de comercialización e internacionalización de otros productos y externalidades.  

Para 1946 Estados Unidos y Francia firmaron el acuerdo Blum-Byrnes que establece cuotas y subsidios al cine francés, y elimina restricciones comerciales a las producciones cinematográficas estadounidenses. Este acuerdo ayudó a posicionar una narrativa política durante la posguerra, a través de una forma de expresión artística, gracias a la cual las industrias culturales de ambos países desarrollaron formas originales e innovadoras, de producción y comercialización, que se vieron reflejadas en el crecimiento de sus indicadores económicos en torno a esta industria, así como en la protección intelectual de sus contenidos. 

América Latina goza de inmejorables condiciones para aprovechar al máximo su creatividad a través del cine. Contamos con una fuente enorme inagotable de narrativas diversas, talentos, visiones y elementos culturales colectivos que no han sido suficientemente explorados por las industrias locales. La falta de visión, producto de la incompetencia e inexperiencia de algunos tomadores de decisiones para diseñar e implementar políticas públicas que evidencien nuestra riqueza, está siendo explotada por producciones extranjeras con grandes capitales. Esto no está prohibido pero no debe ser la regla. 

Sería deseable contrarrestar la indiferencia con marcos normativos e institucionales sólidos y contemporáneos, que permitan a la industria cinematográfica de América Latina gozar de incentivos adecuados para fomentar su creación, comercialización y distribución. El cine puede ser una ventana de nuestras culturas y sociedades, vale la pena contarle al mundo desde nuestras propias miradas quiénes somos.