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Lisa Reggae o la rebeldía de la esperanza

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“No solo es tiempo que uno lleva en esto, es tiempo no sólo de éxitos, de hits; son tiempos de fracasos, tiempo de derrotas, de comer mierda…. o sea, es muy bonito ir a tocar a Pereira, lo que no es bonito son las 22 horas en bus, oliendo a vomito, oliendo a culo, viajando con gente fea, parando a media noche a cambiar de bus, pero hace parte de (…) las uvas pasas dentro del ponqué que a usted no le gustan”.

Es Mario Navas de Lisa Reggae permitiéndonos aterrizar con lo que es insistir en una banda.

La música no da, les toca vivir de otras cosas.

La economía de la música en Cúcuta, como en tantas ciudades de Latinoamérica, es un círculo que se agota en sí mismo, con más gastos que entradas.

Mario también tiene un estudio de grabación y parece que un estudio de grabación en Cúcuta funciona como en Medellín: fundamentalmente los integrantes de bandas tienen otros ingresos y con eso ahorran para grabar sus canciones.

Todos los integrantes de Lisa Reggae viven de otras cosas. Por ejemplo, Gato con el video, Maria Alejandra con el derecho y Kike dando clases de música.

Pero esta agrupación sea por una experiencia intensa o por la trayectoria de sus integrantes ya no se deja decepcionar fácil, no están esperando un milagro o que los descubran. Entienden lo duro que es la opción de la música e igual la siguen eligiendo.

“Lo hacemos porque nos hace feliz. No es un sufrimiento, no es una obligación” -dice Mario-.

Quizá lo más difícil fue estabilizar a los integrantes con un mismo compromiso y así búsqueda de profesionalismo. La historia de las bandas suele ser la de muchos cambios para llegar a cuatro miembros que cohesionan la propuesta musical. Quiere decir que se toman al público muy en serio, una presentación es siempre el momento más importante, miran los detalles de las otras bandas demorándose menos en las pruebas de sonido, concretando al sonidista que se pierde, subiendo con los instrumentos afinados y con muchos ensayos a cuestas y no se conforman, se empiezan a parecer a lo mejor, al estándar alto de profesionalismo.

Esa angustia que da el escenario, la de ese día malo en que fueron a un estudio de grabación para descubrir que todavía no tenían una banda -con todos sus miembros-, se compensa con ese “verano musical” que sólo se calma en el barrio San Rafael donde tienen la salita de ensayo. Se trata de haber encontrado un vicio, algo en sí mismo contenido por el placer, no hay un porqué, hay que hacer música y el placer está ahí, no en ninguna promesa.

Lisa Reggae muestra la realidad de la escena en Colombia -aún más difícil en Cúcuta-: bandas que no reciben ingresos que cubran más que la logística o viaje de una presentación y grabaciones que no se pagan con la venta de discos. Aún así tienen un compromiso con la excelencia porque para sus integrantes es prioridad la banda -aunque no vivan de ella-.

Quizá lo anterior explica los bichos raros que son los artistas -los extraterrestres-: todo el mundo pone arriba en sus prioridades el trabajo, reduciendo su vida a los ingresos y descartando o trivializando lo demás; el artista se intenta salvar poniendo otro mundo que no es fácil de clasificar -primero- y de paso nos puede ayudar, inspirar o alentar a los que estamos enredados en las prioridades tradicionales.

“Veo el mundo de cierta cosa y lo traduzco en esto. Que importa si gano dinero, pero todos necesitamos esa cosa. El que es artista de lo que sea (…) es una persona que necesita, que el cuerpo le pide ese alimento creativo, de producir; que se alimenta de producir y de crear cosas”, explica Mario y remata con lo siguiente:

“(…) en una oficina de la DIAN haciendo lo mismo todos los días me suicidaría”.

En Colombia no hay una legislación suficiente para el desarrollo artístico y sobre todo para la conexión entre el arte y el activismo, o el arte y el trabajo social. De manera desarticulada, ligada a la cooperación y a veces a los gobiernos municipales, desde antes de la mención a la Economía Naranja se estimulaba a ciertos artistas con arraigo comunitario a que hicieran labores que de alguna manera eran de responsabilidad estatal -vía su formalización para hacer un convenio o convirtiéndose en un contratista más del Estado-.

Lisa Reggae -por su parte- empezó a trabajar con el colegio del barrio donde en un mismo edificio ensayan, tiene estudio de grabación Mario y el emprendimiento de servicios audiovisuales el Gato -todo encima del otro-. El trabajo fue tomando forma de memoria del barrio desde rap hecho por adolescentes y cuando menos pensaron ya estaban formalizados para tener practicantes. Lograron emocionarse tanto con el proyecto que hasta disco les sacaron a los adolescentes del colegio, algo inolvidable, pero más allá de la buena energía con los chicos y chicas, los gastos fijos de una corporación hacen que se vuelva en un problema más para el artista agobiado.

“Que chimba, porque es una chimba. Los niños a través del Hip-hop contando la historia de su barrio…”. Pero llega un momento donde es necesario “parar el trabajo con los pelados porque hay que mezclar una canción para pagar la luz”.

Mario nos dice que se acabó el año y hay que actualizar los papeles, que hay que sacar algo para el revisor fiscal y para el contador, aunque sean amigos; “la Economía Naranja es para los que tienen plata”.

La Economía Naranja está volcada a las lógicas del entretenimiento, donde se ve una oportunidad de crecimiento ligada al turismo. Quizá el problema no es la Economía Naranja, sino que esta se ofrezca como la principal respuesta a los artistas. Esto termina insistiendo en separar al arte del cambio cultural que se puede dar con la relación con el activismo y con la conexión con un trabajo social.

Lisa Reggae ha encontrado sus pequeñas formas de cooperación en prácticas como ofrecer bajarse el precio en una presentación para llevar a otra banda de la mano, casi un pague uno y lleve dos. Han ayudado así a generar ingresos a otras bandas que llevan lo mismo o que llevan menos. Han sabido también en su momento prestar equipos a colectivos de jóvenes que están con la ilusión de su primer evento.

Para Mario la excesiva vocación comercial ha hecho de Cúcuta una ciudad individualista y competitiva y quizá una respuesta parcial a la frontera ha sido un conservadurismo bastante cerrado. No es seguro lo que dice ahí Mario, pero esto genera una consigna fuerte de que ellos no quieren competir y que quieren cerrar brechas y borrar estigmas de una sociedad cerrada y prejuiciosa.

“El arte no debería ser una competencia. (…) yo no trato de tener una banda mejor que la suya. Sino que juntos podemos ser mejores”, dice Mario.

Más allá, la agrupación tiene mucho que enseñar en festivales que nacen desde los artistas mismos y generan una economía de trueques en medio de la escasez. La filosofía es sencilla: yo te pongo en mi festival, lo que me pongas en el tuyo.

Por una parte, han viajado a Ibagué, Pereira, Bucaramanga, Bogotá y Rionegro. En Rionegro tuvieron el día más feliz de la banda -en el recuento hasta mediados del 2019- frente a cinco mil personas. Venían de un público difícil en Ibagué y quizá del agotamiento del tipo de festival en Bogotá que era a manera de concurso, donde tenían que pagar todo, devolverse rápido a trabajar en Cúcuta y quedaron descalificados por cantar más canciones de la cuenta.

Lisa Reggae recuerda que el artista es reacio y generoso, es obstinado y abundante. Saben cuándo no caminarle a algo y -sobre todo- no hacer las cosas porque les dijeron, pero a la hora de tener iniciativa y hacer las cosas porque les da la gana se echan al hombro lo que sea y lo entregan todo. Lisa Reggae es el eje de festivales durante siete años y desde el 2012: Guardia Fest, Rockatatumbo y Somos Uno.

Desde el 2013 tuvieron la idea de un festival para recoger enseres en solidaridad con población campesina en Catatumbo (región geográfica en el Norte de Santander, Colombia), pero el giro importante comenzó con Somos Uno.

La coyuntura de Somos Uno era la expulsión de colombianos de Venezuela y la idea manifiesta de que no hay una división importante entre Venezuela y Colombia, y un mensaje implícito de no dejar que los políticos o gobernantes dañen la hermandad de latinoamericanos.

Ser Cucuteño es ser frontera, una frontera ya cada vez más habitada, olvidada en muchas décadas por el resto de Colombia y comprendida y vuelta memoria -por ellos mismos- como parte de Latinoamérica.

Una banda como estas pasa a grabar a San Cristóbal, coge técnicas de un artista raggamuffin venezolano -que le enseña a Mario a que la guitarra suave en el reggae es más intensa, a minimizarse para tocar casi que con la punta de uno o dos dedos- y tiene consciencia plena de lo que ha sido buscarse la vida en Venezuela, rebuscarse la vida en el comercio de una frontera viva y volver a empezar en las orillas de Colombia.

En la diáspora de venezolanos que se agravó en el 2018, tantos músicos admirados por Lisa Reggae pasaron por Cúcuta y se hospedaron en la casa de alguno de los integrantes. Fueron testigos de cómo agrupaciones quedan desmembradas en varios países para que sus células aguantaran, quizá llevadas por una naturaleza de volverse a recomponer algún día de otra forma, con algún regreso.

La frontera es sinónimo de ganas de volver a empezar, pero también es periferia, es el último lugar que nos dejó una historia familiar de exclusión. Mario nos dice que en su vida muchas veces le han dicho que en Cúcuta no hay nada y que se vaya para una ciudad como Medellín que hay de todo. Es interesante como estos músicos le dan un vuelco a esta percepción para decir que “todo está por hacer”.

Mientras hacíamos la entrevista en una casa en el barrio Motilones que se llama Frontera Morada, sonaba de fondo música de ellos, por pura casualidad, porque los que ponían la música no sabían que estábamos en entrevista y tampoco los reconocieron. Conforme Cúcuta va teniendo apropiación y sentido de pertenencia, las bandas locales se van volviendo parte de un código común que no tiene que cargar con torpes tradiciones.

 

Estábamos justamente en la inauguración de esa casa cultural y cuando empezamos a hablar de Latinoamérica Mario pone el ejemplo de lo que ocurría ese día:

“En una ciudad que podría ser el fin del mundo como esta, una ciudad que ni siquiera es de las cinco más importantes de Colombia, por allá en un barrio que ni siquiera es el mejor de Cúcuta, mire esta casa qué es lo que están haciéndose unos a otros, todos están retroalimentándose como parte de una construcción colectiva”.

Es interesante el punto de vista que desde un lugar pequeño se puede hacer parte de algo grande y en expansión. Latinoamérica tiene una facultad que casi no tienen las naciones ahora y que la hace de una textura más artística: puede ser imaginada, todavía puede ser imaginada.

La conversación avanza con una enorme valoración de Latinoamérica y concluye que si Latinoamérica fuera de los artistas, definida o imaginada por los artistas, sería mucho más unida. De alguna manera la tolerancia al caos -como paisaje- es la que nos ha desunido.

“El arte tiene la responsabilidad de decir: juntos pataleamos más”.

Raíz diversa

Parados en Cúcuta, con el contacto, con la diferencia que permite ser frontera, se entiende mejor Lisa Reggae, como una banda que no se quiere dejar encerrar, que se quiere dejar impregnar de todas las músicas y desacomodarse sonando cada tanto con nuevos trucos.

Estamos con Gato que conoció el reggae por su mamá. Pero lo primero que conoció fue la salsa y si su papá hubiera tenido para comprarle un acordeón, dice que hubiera terminado en el vallenato. A diferencia de Mario, en la familia no le estaban insinuando que fuera músico, por eso dice que la música por fin llegó el día que lo dejaron montar en buseta solo. Una ciudad donde se pudiera mover era una ciudad para buscar sus clases, parches cantores y callejear en búsqueda de la música -encontrando primero una banda de NeoPunk que lo acogiera-.

Mario -por su parte- nació entre instrumentos, en su casa había un piano y su papá era saxofonista. Desde los 15 empezó en una banda de Metal.

Tanto a Mario, como a Oscar -Gato- fue Lisa -la banda- la que les escogió el instrumento. Mario ocupó la guitarra después de mil cambios de guitarrista y hasta de tocar con la guitarra que no era o con guitarras prestadas; Gato pasó de ser fotógrafo de la banda, a percusionista. La banda no sólo aparece haberlos elegido, sino haberlos atado para generar un carácter, una personalidad.

Las bandas parecen crearse, desarrollarse y madurar con base en accidentes. El nombre de Lisa Reggae es un tributo a Chris Botti con su canción Lisa que un integrante ya ausente propuso poner provisionalmente -por quince días- y ahí sigue -dándole parte de su personalidad-.

Sus canciones nos llevan a letras románticas, pero poco trágicas. La canción que tiene más complejidad y más trabajo es No es Casualidad. Les salió muy bien esa canción para la tesitura de Alejandra y para lucir una trompeta y un saxofón.

La canción favorita del público coincide con ser el video clip por excelencia de ellos Sale el Sol. Y no se puede tener un recuento sin la colaboración con Ahíman en Decían. El video es hecho en la sede de 5ta con 5ta y la canción dice que en vez de la prisión de las 8 horas, escogieron trabajar 24 horas en lo que les gustaba. Les sugirieron ser ingenieros o policías, priorizar la plata y tener muchos hijos, pero para seguir siendo niños, a la vida sin color dijeron que no.

Esta canción es una reflexión fuertemente instalada en el grupo: poder vivir de la música, o por lo menos poder visitar otras ciudades con la música y que no sea tan difícil o incomodo tocar en otros lugares.

Doncella es la canción que más le pone rostro al público de Lisa Reggae un muchacho que pide la canción en un concierto y con ella concreta un romance en ciernes con un beso; otro de sus seguidores en Cúcuta les cuenta que con esa canción pidió matrimonio.

“Tú sabes todo y no sabes nada” y “Niña de fuego” dice la canción, pero ya no más -o por lo menos no en las presentaciones- “cosa más bella”. Alejandra un día les dijo: “Muchachos llevamos ya varios años cantando la cosa más bella y ya podríamos pasar a cantar mujer más bella… porque las mujeres no somos cosas”.

Deja es la canción que puede ser la favorita de la mayoría en la banda y se entienden por qué: siguiendo la definición que ellos dan de Lisa Reggae  -como alegría y esperanza- es la que más los identifica.

“Todas las personas tienen una canción que les llega al corazón. Que dicen yo me levanto con esta canción y me levanto de buen genio (…)”

“El arte sirve para dar esperanza”, dice Mauricio. Y vamos comprendiendo con el Gato que dar esperanza al desesperado que atraviesa una frontera o, peor aún, no la puede atravesar, es un acto crítico y rebelde.

“Dime que mañana todo estará mejor”, “deja de lado los prejuicios que nos aquejan”, “todos somos parecidos por alguna razón”, dice Deja -la canción-.

Entienden las dificultades y proponen la alegría como una rebeldía a la misma, casi como una forma de resistencia. Lisa Reggae pone a pensar que a veces el pesimismo puede significar una complicidad con el injusto que causa desgracias.

“Nosotros no hablamos de sufrimiento, ni de esa mierda. Es como que oiga vamos pa’ lante, Hay que camellarle, hay que echar pa’ lante oye”.

La esperanza en Lisa Reggae no es anestesia o conformismo -como a veces pasa con los productos musicales empacados y domesticados-, sino una fuerza movilizadora. A veces la divergencia es una forma de esperanza porque es una nueva posibilidad.

“El mundo necesita otro punto de vista. No sólo una realidad.”

Fuentes:

 

Música de Lisa Reggae en www.youtube.com

Entrevista a Oscar Meza y Mario Navas realizada por Casa de las Estrategias en el 2019.

Entrevista a Javier Villamizar https://www.youtube.com/watch?v=AKzo8wd-dSg : revisado en julio del 2019

https://www.laopinion.com.co/entretenimiento/lisa-reggae-la-mera-sabrosura-de-cucuta-166010#OP : revisado en julio del 2019

Archivo fotográfico de Lisa Reggae

 

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