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¿Qué hemos aprendido?

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¿Qué hemos aprendido?
Este será el que siempre recordaremos como el año que puso a prueba nuestra capacidad de respuesta como personas y como instituciones ante la vulnerabilidad de la humanidad.

La Universidad no volverá a ser la de siempre les dije a unos estudiantes durante la reciente ceremonia de posesión de las juntas directivas de los grupos estudiantiles. Debajo de esos rostros con tapabocas alcancé a ver miradas de miedo y de escozor ante mi afirmación, porque lo que más ansiamos todos, profesores y estudiantes, en este momento, es el regreso al campus, a las conversaciones, a los encuentros espontáneos y a la experiencia universitaria, porque sobre todo es eso, una vivencia que se hace en la cotidianidad, en el acontecer frenético y a la vez pausado que teje la vida en la Universidad.

Pero lo cierto es que, aunque nuestro afán nostálgico y de memoria humana anhela la tradición a pesar de todo, y quiere que las cosas vuelvan a su lugar como si alguna vez hubiera existido ese lugar inmutable y desee profundamente que las cosas no cambien, nada volverá a ser como antes porque este último año removió nuestros cimientos tal como lo hacen los tiempos en que llegan las pestes, las guerras y las profundas fracturas que rompen el orden humano tal como se les conocía.

Después del confinamiento, las pérdidas de cercanos y lejanos, y del miedo y la desnudez ante nuestra precariedad y vulnerabilidad. Después de haber tenido que acudir a toda nuestra humanidad, empatía y solidaridad, hoy nos queda la gran responsabilidad de hacernos a nuestra mayor capacidad de aprendizaje para poder crear nuevas realidades y no dejarnos aplastar por las circunstancias. Como dice Edgar Morin en su libro Cambiemos de vía, lecciones de la pandemia: “Y es inevitable hacernos la pregunta que no figura en nuestros programas educativos y que nos afecta a todos: ¿qué es ser humano?”

Preguntarnos, por ejemplo, por el aprendizaje ante la incertidumbre, al cómo vivimos, a nuestra relación con la muerte, la condición humana y la comprensión de lo que es la civilización. El mismo Morin sentencia: “La crisis en una sociedad desencadena dos procesos contradictorios. El primero estimula la imaginación y la creatividad en la búsqueda de soluciones nuevas. El segundo puede traducirse en el intento de volver a una estabilidad anterior o en apuntarse a una salvación providencial”. Y nuestro mayor deber como Universidad es ser parte del primer proceso, de ese que provoca transformaciones.

Por eso la mejor forma de hacer memoria del último año que hemos vivido, recordando cómo tuvimos que cerrar y cambiar nuestro modelo de llegada a nuestra comunidad universitaria, es traer a la mesa nuestros principales aprendizajes y destacar las capacidades que son preponderantes para el nuevo tiempo. Estos retos pueden recogerse en los siguiente cuatro capítulos:

La universidad resiliente

La que aprendió a ser rápida y flexible para recibir el cambio de los tiempos y continuar garantizando los objetivos de aprendizaje, que se ocupó de cuidar cada detalle para cumplir con su propósito y misión, a la vez que hacía los ajustes de la mano de los diferentes estamentos: estudiantes, profesores, investigadores y colaboradores en general para garantizar la pertinencia, la sostenibilidad y el buen curso de nuestra tarea educativa. Aprendimos así de la adaptación y la rapidez para actuar ante la realidad, capacidad tan necesaria para la educación.

La universidad cuidadora

Que descubrió cómo estar más conectada con cada uno de nosotros, tomando la temperatura permanente a nuestro bienestar corporal, mental, emocional y espiritual. Que se ocupó del cuidado como principio rector y comprendió con la piel la oportunidad que tenemos con nuestra interdisciplinariedad de atender los retos que exige hoy la humanidad en salud, ciencia, información y ecología. Aprendimos así a poner nuestro conocimiento al servicio del cuidado propio y de la humanidad, y afloraron nuevas capacidades para ello. Una Universidad que abrazó a su comunidad cuidándola en todos sus dimensiones. Una Universidad investigadora e innovadora, que con diferentes proyectos científicos y sociales le puso la mano en el hombro a la sociedad en uno de los momentos más complejos de las últimas décadas

La universidad disruptiva

Que se abre camino en la reinvención y a la imaginación, en una educación híbrida y con nuevos modelos de aprendizaje. La conexión entre tecnología y experiencia. La efectividad de la educación en escenarios digitales dispuesta para resolver muchos asuntos que no requieren de la presencialidad, devolviéndole al aula la reivindicación de la conversación, el cuerpo, y el taller para el acto educativo. Aprendimos sobre la flexibilidad en contenidos y método.

La universidad presencial

Encontrarnos es una nueva experiencia. Disfrutar del encuentro, la Universidad también fuera de los espacios de aprendizaje. Comprender que en el campus nos cuidamos y que al hacerlo aprendemos nuevos hábitos de relacionamiento ante la realidad. Somos el lugar donde se aprende a vivir. Resignificar el campus universitario como laboratorio y experiencia. Y esto de la mano de estudiantes, profesores y empleados, quienes con nuevos hábitos siembran confianza en su entorno y llevan estas prácticas a otros espacios de ciudad.

En definitiva, este será el que siempre recordaremos como el año que puso a prueba nuestra capacidad de respuesta como personas y como instituciones ante la vulnerabilidad de la humanidad, y nos permitió despertar toda nuestra empatía para sentirnos más próximos entre todos. Ahora nos deja el reto de despertar ante la realidad de un planeta interconectado pero desigual, una humanidad que necesita pensarse en el cuidado y que pone al servicio de su desarrollo la tecnología. Un mundo donde las nuevas palabras para la Universidad serán: Humanismo-Tecnología-Sostenibilidad.

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