Queda claro que las reformas tributarias no han tenido el alcance esperado en materia estructural y, por el contrario, han sido más de tipo coyuntural para tapar huecos o financiar proyectos a corto y mediano plazo.. Imagen: https://blogs.iadb.org/

Por lo general, después de una crisis los tomadores de decisiones le apuestan a una reforma tributaria mágica, que sea capaz de sobrellevar y solucionar los problemas producto de esa circunstancia. En Colombia, aún antes de la pandemia, se presagiaba una nueva reforma tributaria con lo que serían, eventualmente, más de doce las reformas aprobadas en los últimos veinte años. El proyecto de ley que en esta materia se proponga, en todo caso, deberá ser integral y de largo plazo, con alto contenido en materia social y laboral para combatir los efectos nefastos de la pandemia.

Es cierto que los déficits de la mayoría de países han aumentado ostensiblemente, llegando a máximos nunca vistos en la historia moderna. En Estados Unidos, por ejemplo, el déficit público alcanza el 120% de su PIB y en países menos desarrollados el 140%. En el caso colombiano, la deuda pública para el gobierno central en 2020 representó 61,4% del PIB, la cifra histórica más alta registrada en su historia y 13,2 puntos porcentuales más alta que en 2019. De la misma forma, la deuda externa representó el 22,8% del PIB, mientras que la deuda interna llegó a 38,6% según el Ministerio de Hacienda y Crédito Público. Adicionalmente, entre enero y noviembre del año pasado el recaudo de los impuestos disminuyó en un 17%.

Si bien no es un secreto que la pobreza y el desempleo aumentaron en el último año, la solución, a mí juicio, definitivamente no es el alza de los impuestos. A la coyuntura actual se le suman los ya conocidos problemas que afectan el recaudo como la evasión de impuestos, las exenciones, la informalidad, la corrupción y las bajas tasas para los más ricos. Otro tema recurrente es el gasto público cuyo aumento se dio para atender las necesidades de la pandemia en forma de subsidios y ayudas monetarias a empresas y personas pobres. Antes de subir impuestos, el Gobierno debería concentrarse en mitigar las problemáticas mencionadas anteriormente que son más del tipo del diseño y forma de la política (cualitativas si se quiere) que de contenido (cuantitativo).

Aunque lo más fácil que se viene a la mente es aumentar impuestos, cobrar y recaudar más, la OCDE ha dicho recientemente que este no deber ser el camino a seguir. La organización, por el contrario, aconseja “que el aumento de la deuda sea sostenible fomentando el crecimiento, favoreciendo la inversión y teniendo una política propia”. La devolución del IVA a los más pobres ha sido una estrategia exitosa, en la medida en que el impuesto se torna más progresivo, sin embargo, hay otras medidas más simples que el país puede aprovechar como los impuestos verdes. Estos, se aplican a quienes contaminen o usen materiales no reciclables como las bolsas plásticas o pitillos. Con ello, se estarían matando dos pájaros de un solo tiro al aumentar el recaudo y, al mismo tiempo, contribuir a la preservación del medio ambiente.

Queda claro que las reformas tributarias no han tenido el alcance esperado en materia estructural y, por el contrario, han sido más de tipo coyuntural para tapar huecos o financiar proyectos a corto y mediano plazo. Esperamos que la nueva propuesta tenga otro horizonte que garantice la estabilidad del sistema y que aproveche que Colombia es parte de la OCDE para “copiar” sus mejores políticas tributarias y así disminuir la inequidad.