Para interactuar en La.Network, debes ser un miembro de la comunidad

¡REGISTRATE, ES GRATIS!

Registrate con tu cuenta de Google Registrate con tu correo electrónico ¿Ya tienes cuenta? Inicia sesión
Donar

Ciudades y campo, más allá del amor y el desamor

Compartir en redes sociales:

Nota del Editor: Esta columna es la tercera y última de una trilogía escrita por Carlos Moreno denominada Ciudades y que nuestros lectores podrán consultar gracias a la autorización del autor.

El fenómeno urbano ha transformado en profundidad las relaciones entre los hombres, el hábitat y la naturaleza. La emergencia y el crecimiento de las grandes metrópolis, los desarrollos crecientes de sus infraestructuras, pero también el efecto atracción, que ha alcanzado algunos centenares de kilómetros alrededor de las ciudades medianas y pequeñas, han revolucionado las relaciones entre nuestras vidas, los espacios urbanos, rurales y la biodiversidad en su conjunto.

La cuestión se encuentra en el centro de los desafíos de los próximos 50 años: ¿cómo transformar las relaciones entre las ciudades y el campo, cuando la vida rural, la que nos nutre, se transforma ella misma por la doble presión de la industrialización agrícola y de una población convertida mayoritariamente en urbana?

¿Cómo desarrollar una ruralidad preservando la calidad de vida, la seguridad sanitaria, las fuentes de agua, el medio ambiente, el paisaje y la biodiversidad en el momento del uso masivo de pesticidas, de la contaminación de las aguas y la atmósfera, de la alta productividad mecanizada, de las emisiones de gas invernadero donde la agricultura contribuye con alrededor del 20%?

Se trata en efecto de hacer frente al despoblamiento del campo, a la disminución de las explotaciones agrícolas, a su muy acusada concentración, pero también cada vez más en las próximas décadas, al fenómeno del «land grabbing» (las compras de tierras en otro país para la importación de su producción) frente a la necesidad de controlar nuestros recursos, de tener una cadena alimentaria virtuosa, de la protección de la naturaleza, de nuestros suelos y nuestros recursos hídricos.

La vida rural, cada vez más constituida por las clases populares, demanda ser reflexionada alrededor de una política de ordenación del territorio y el paisaje, en resonancia con los polos urbanos que la rodean. Pero sin ninguna duda, todas estas cuestiones nos interrogan sobre el modelo de desarrollo de los espacios rurales, y la relación con nuestras vidas urbanas a día de hoy al igual que los ejes que se tomarán en un futuro próximo.

Comprender en el siglo XXI los vínculos que en Francia se desarrollan entre la ciudad y el campo, los grandes centros urbanos y la ruralidad, y más globalmente hoy entre las metrópolis y los territorios, nos invita a examinar su evolución a lo largo de nuestra historia.

El contraste en forma de un «Je t’aime, moi non plus» entre nuestras ciudades y la vida rural francesa, inmortalizada por sus villas, sus imágenes de campanarios y vida bucólica, ayudada por importantes decisiones de ordenación espacial que dejan huellas profundas, siempre visibles.

El famoso PLM ha ilustrado durante mucho tiempo, la fuerza de lo que en el imaginario francés, representaban estos 3 grandes centros urbanos, atrayentes de la vida ciudadana: Paris, Lyon y Marsella. Es indisociable de su estructuración y su desarrollo con los 863 kms de la «línea imperial», así llamada en referencia a Napoleón III, que conectó por ferrocarril Paris con el Mediterráneo y estas 3 ciudades atravesando las regiones de Ile de France, Borgoña, Franche Comté, Auvergne, Rhône Alpes, Provence Alpes y Côte d’Azur…

Es imposible comprender también la ineludible tendencia hacia la hipertrofia de la centralización a partir de Paris en relación con los otros territorios, y el efecto sobre ciertas regiones rurales, sin recordar «la estrella de Legrand» que en 1842, propuesto por el director general de Puentes y Carreteras de la época, Baptiste Legrand, corresponde al primer proyecto en dar lugar a la edificación de una «red nacional». Con la ley de 11 de junio dará lugar al esquema general de las futuras vías férreas. Centradas en Paris, de ahí su nombre de estrella, permitirá enlazar las diferentes regiones con París.

Una tendencia ineludible, pues este enfoque ha estructurado de forma profunda la movilidad «absorbente» o «magnética» entre París y los territorios, con en particular, el fuerte de desarrollo territorial de ciertos ejes privilegiados, y a través de ellos, las que se han convertido en las 3 principales economías urbanas francesas: Paris, Lyon, Marsella como representantes de sus respectivos territorios.

Imposible también comprenderlo sin hacer referencia por un lado al jacobismo centralizador francés, pero igualmente, a la concurrencia internacional, ya existente en la época, donde Francia estuvo retrasada en términos de operaciones y concesiones ferroviarias respecto a Inglaterra, los Estados Alemanes, Bélgica, por no hablar también de Estados Unidos, con solo 319 kms en funcionamiento.

Paradoja a la francesa: en el momento de las metrópolis, con 17 en estos momentos y pronto 22, el hecho comunal sigue siendo una realidad arraigada en su historia. Si con sus campanarios, no es menos cierto que viene de una herencia del Antiguo Régimen, que había construido una red de organización territorial a partir de las 60.000 parroquias de la época. Francia era el país más poblado de Europa antes de la Revolución Industrial. La parroquia, permitía mantener una unidad administrativa, con también sus obligaciones fiscales, siendo esta la descomposición más pequeña. Los Reyes de Francia reinaban bajo «el reino de los cien mil campanarios», pudiendo así tener un vínculo con los territorios a través de las parroquias, saltándose los poderes de los señores locales.

Durante la Revolución, bajo propuesta de Mirabeau, nacieron los municipios, adoptando el principio global de «un municipio por parroquia», y creando al mismo tiempo las reagrupaciones por cantones, distritos y departamentos. El agrupamiento de ciertas parroquias/comunas redujo así su número de 1.792 a 41.000, número bastante similar al que conocemos 228 años después: ¡el 90% de las comunas y departamentos han mantenido esencialmente los contornos definidos durante la Revolución Francesa!

Tras las transformaciones iniciadas por Napoleón III, los movimientos de las comunas han variado poco hasta hoy. Por otra parte, era en ese tiempo en el que Paris era una de las pocas comunas que ha visto sus límites modificados y extendidos, doblando su superficie dividida en 20 distritos. El Barón Haussmann vuelve a escena para su transformación y se lanza la línea imperial mencionada antes.

Un cambio muy importante desde el punto de vista político tuvo lugar con la ley de 1884: se instituyó que el consejo municipal fuese electo por sufragio universal directo, dotado de un consejo y presidido por el alcalde designado por sus conciudadanos. Pequeña, mediana o grande, rural o urbana, sin importar cuál sea su contorno, la región, con sus instituciones desplegadas por todas partes y de la misma manera, se impone en el paisaje francés como el elemento central de la vida de la República, su alcalde, consejo municipal, escuelas y valores que alrededor de la Libertad, Igualdad y Fraternidad que vienen a dar forma a la unidad de la nación. El hecho es que la representación masiva de 550.000 electos municipales se encuentra confrontada a una profusión de electos en pequeñas comunas rurales, poco habitadas y en desproporción con las metrópolis. A nivel estadístico, simplemente es necesario comparar el peso de 20.000 comunas rurales de menos de 500 habitantes, con apenas unas pocas que sobrepasan los 300.000 habitantes.

Francia también posee por sí misma el 45% de la totalidad de las comunas de la Unión europea, frente a un 16% de la población, donde el 75% poseen menos de 1000 habitantes. A título comparativo, Italia tiene 8000 frente a una población comparable y Alemania reúne en poco más de 12.000 para un tercio más de población, cuando en 1970 tenía unas 30.000.

Para entender las relaciones particulares en Francia entre las ciudades y el campo, es esencial comprender otra particularidad, esta vertiente socio-económica. Tras la revolución industrial, las dos guerras mundiales, el boom del petróleo, el plan de autopistas de los años 70, el desarrollo masivo de los grandes ejes de transporte, y el desarrollo a finales del siglo XX de una nueva economía de servicios, donde se observa que la atracción urbana es un hecho en detrimento de la vida rural y en particular, de sus pequeñas comunas. Los polos urbanos nacieron entre tanto con una población numerosa que ha visto emerger las grandes ciudades francesas, convertidas a día de hoy en Metrópolis, con la proporción actual, el 80% de la población francesa habita en el 20% del territorio.

¿Qué pasa entonces con sus espacios rurales, sus comunas y su población? Es importante identificar bien a qué ruralidad nos referimos cuando nos referimos a esta categoría socio-territorial. La identificación estas áreas con una contribución a la explotación agrícola ya no es una referencia, cuando significan menos del 6% de los activos vinculados a estas actividades. El peso de la actividad agrícola (incluyendo el sector de las industrias agroalimentarias) representa menos del 3% del PIB a día de hoy cuando estaba alrededor del 8% en 1980. La superficie dedicada a la agricultura en Francia ha disminuido también un 20% en 50 años, para ocupar a día de hoy un 53,2% de la superficie total. Estas pérdidas se han cedido de forma casi irreversible a beneficio de la ciudad, de las viviendas, de las infraestructuras con alrededor de 2,5 millones de hectáreas. De acuerdo con la encuesta Teruti-Lucas del ministerio de Agricultura, 78.000 hectáreas han sido urbanizadas de media cada año entre 2006 y 2010. Esto es el equivalente en 4 años a la superficie agrícola media de uno de nuestros 101 departamentos.

Cultivos Hidropónicos

El número de explotaciones agrícolas se ha dividido entre 4, pero el tamaño medio de las explotaciones se ha multiplicado por 4. La parte de la población activa agrícola se ha dividido por 10, siendo menos del 2% de la población activa total, según la FAO en 2013.

La disminución de la superficie de tierras agrícolas no es algo específico de Francia y se viene produciendo durante décadas. El informe de la Unión Europea de 2012 sobre la correlación tierra y urbanización, precisa que el recubrimiento por el hormigón o el asfalto, es una de las principales causas de la degradación de los suelos. Cada año en Europa, las infraestructuras construidas cubren más de 1.000 km2 de tierras o bosques. Efecto sistémico obligado, se trata de una de las razones de aumento del riesgo de inundación y de escasez, de pérdida de capacidad de reciclaje de la materia orgánica, de límites al crecimiento de las plantas. La pérdida de la cubierta vegetal reduce también mucho el almacenamiento de carbono, la regulación de las temperaturas y el clima, al igual que la producción de oxígeno.

En una visión de futuro, la ruralidad sigue siendo una esperanza para construir otros modos de producción, de consumo y de circularidad. Salir de la confrontación campo-ciudad, es también aceptar construir una nueva relación de alteridad entre la vida urbana y esta ruralidad que lucha por existir en un mundo marcado económicamente por la búsqueda de una rentabilidad que se acompaña a menudo de procedimientos perjudiciales para el medio ambiente y la salud humana. Lo hemos podido ver hace poco con la crisis de los huevos y su forma de producción.

La ruralidad es una oportunidad para desarrollar otra forma de poner en marcha los circuitos cortos virtuosos de la economía circular con una optimización de nuestros recursos. Esto es también la Cultura en todos los sentidos del término: la de la tierra, el espíritu, el respeto a la naturaleza y a los otros. Esto es devolver el lugar al altruismo y la empatía, con la naturaleza como hilo conductor, es «re-asilvestrar» la tierra, para retomar la propuesta avanzada por el célebre biólogo E.O. Wilson en su libro de 2016 «Half Earth». Con la aparición de nuevos informes sobre la ruralidad, debemos reinventar las áreas urbanas y, como señala William Lynn, «si queremos responder a las necesidades fundamentales de los hombres (y de la tierra), es necesario transformar las ciudades en lugares de vida sostenible y agradable». De ahí la importancia de iniciativas como el índice de biodiversidad urbana, («City Biodiversity Index, CBI»), un indicador elaborado para evaluar la biodiversidad ciudadana, adoptado por la conferencia de Nagoya de 2010.

El verdadero desafío es nuestra capacidad común para crear valor, ser atrayentes, desarrollar una cultura de la innovación, para iniciar nuevos circuitos de consumo-producción que nos permitan reinventar los territorios, la ruralidad y la proximidad. Pasando de una República Jacobina y centralizada frente a una república urbana, metropolitana, totalmente anclada en Europa, pero igualmente afianzada en una alianza de territorios, englobando la ruralidad, que permita crear empleos, construir territorios sin desempleo, con el objetivo esencial de luchar contra la exclusión y la pobreza…

Este es realmente el próximo desafío.

Texto original en francés exclusivo para el Diario La Tribune.

Traducción al español por @Guille_Mas 

Cortesía de Carlos Moreno para La Network y los lectores de América Latina

Compartir en redes sociales:

3
0

Este es un espacio de cocreación libre e independiente. Las tesis, los argumentos, las opiniones expresadas aquí reflejan los puntos de vista de los autores y no comprometen el pensamiento ni la opinión del equipo editorial de LA Network. Uno de nuestros principios es la pluralidad y la practicamos con convicción.

¿Crees que este artículo no cumple con las normas de la comunidad? Reportar contenido

¿Cómo te pareció este artículo?

Comentarios

    Creemos en el debate respetuoso y constructivo. Nuestras ciudades lo merecen. Aquí puedes expresar tus comentarios