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La paradoja de la ciudad

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La manera como se piensan, diseñan y viven los espacios urbanos, se convierte en parte de un programa esencial para los líderes que las construyen.

La paradoja de la ciudad

Una característica del fenómeno urbano es el nivel de concentración y densificación de los territorios. Ello debería representar, cada vez más, cercanía y vecindad, pero justamente, hoy por hoy, esa se ha convertido en uno de los mayores desafíos en la construcción de ciudades sostenibles.

En estos tiempos que corren, parece incierta la fórmula social que permita desarrollar mayores niveles de habitabilidad en los territorios, en sintonía con los principios de la autonomía e individualidad, y, a la vez, con la necesidad gregaria que define a la humanidad.

Desde hace unos años, el monje budista y biólogo molecular Matthieu Ricard, ha liderado una teoría soportada en estudios de Neurociencia que ha denominado ‘la revolución del altruismo’. Esta tesis es interesante porque plantea que la naturaleza humana se guía menos por el individualismo y más por la cooperación y el altruismo.

Lo paradójico es que la vida en las ciudades parece, en contrasentido, presentar otra realidad: menos barrio, más soledad y aislamiento. No en vano, la defensa por los territorios sostenibles establece entre sus premisas la edificación de ciudades conectadas y amables, que privilegien el encuentro, porque de alguna manera se le ha dejado a la tecnología el espacio para tejer relaciones. El asunto relevante, en todo este entramado que ofrecen las ciudades (ciudades inteligentes), es la real y crítica necesidad de promover, igualmente, tejido humano.

Pretender vivir las ciudades y organizaciones fuera de la exigente dinámica de la ampliación de horizontes que ofrece la tecnología en lo cotidiano, es tan anacrónico como dar la espalda a la profunda demanda que hace el planeta por ciudadanos comprometidos con lo biológico, para garantizar sostenibilidad en entornos cercanos.

Ricard propone la siguiente reflexión: “los seres humanos somos empáticos por naturaleza, pero igualmente esa empatía se manifiesta con quienes nos son más próximos: padres, hermanos, familia, amigos. El gran reto es ampliar los horizontes de la proximidad”.

Desde pequeños logramos sentir la alegría y el dolor de quienes amamos, de quienes nos son próximos, y creamos con ellos sentido gregario. Hacemos de nuestros amigos círculos cercanos de disfrute, solidaridad y cooperación. Pero estos círculos, cada vez más, se dan en escalas más pequeñas –familia, amigos– o en escalas globales –amigos de redes– con quienes se comparten preferencias, favoritos o likes, pero la ciudad requiere de la promoción de escalas intermedias de proximidad en las que se desarrolle empatía: la escuela, el barrio, la empresa.

Es posible entonces que, hablando de urbanización, a la hora de la consolidación de las ciudades como unidad organizativa superior, se puedan crear más espacios de proximidad. Este debería ser un compromiso para cada uno de nosotros en los respectivos entornos. Sin embargo, la manera como se piensan, diseñan y viven los espacios urbanos, los barrios, las escuelas y universidades, y las empresas, se convierten en parte de un programa esencial para los líderes que las construyen. Así que la pregunta queda abierta: ¿cómo impulsar un nuevo liderazgo que promueva la proximidad en nuestras ciudades?

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