Alberto González Mascarozf, intensa-mente

LA Network - Equipo editorial
10 mayo, 2017 - Cultura

Hoy queremos hacer un homenaje sencillo y con todo el corazón, a un hombre que con su pasión, calidad humana y profesionalismo, nos acompañó en varias jornadas de la vida y en todo el proceso de gestación de LA Network. Opiniones y aportes a este proyecto cuando recién se escribía en una servilleta de una cafetería; diálogos profundos y debates en nuestros primeros consejos de redacción; y una pluma precisa y profunda para escribir muchos de los temas y conversar con personajes que han estado en este medio para ustedes. Aquí las palabras de un buen amigo suyo, que tomamos prestadas y que representan lo que sentíamos por él. Alberto: te vamos a recordar siempre, porque los buenos seres humanos jamás serán olvidados.

Por: Andrés Vergara Aguirre

Docente Facultad de Comunicaciones

Director revista Estudios de Literatura Colombiana

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Intensa-mente periodista

Si hubiera que definirlo en una palabra, resultaría pertinente decir que Alberto González Mascarozf (qepd) es un hombre intenso. Siempre hay intensidad en su modo de actuar, tanto en sus relaciones personales como en sus actividades laborales. Desde que se graduó de comunicador social-periodista en la Universidad de Antioquia, ha vivido centrado en el oficio del periodismo. Tanto en su paso por el periódico El Mundo en los años ochenta, y en sus oficios como asesor de comunicaciones del Pascual Bravo a finales de esa década, como en los veintiún años que estuvo al frente de la Oficina de Información y Prensa de la Universidad de Antioquia, siempre ha mostrado su convicción de que el periodismo es un oficio que se ejerce de modo permanente.

De cierto modo, Alberto en muchos aspectos se parece a un niño hiperactivo, que no puede quedarse quieto, porque su mente parece en constante ebullición. Por eso en cualquier momento, aunque sea a la hora del almuerzo, o cuando está a punto de tacar para buscar su próxima carambola de tres bandas, o de beber un trago de la botella de cerveza o del vaso de ron con hielo, de pronto se detiene, y se descubre un brillo particular en su mirada antes de que él diga: “estuve pensando un tema buenísimo para una crónica”. Y después de contar algunos detalles de su idea, podría concluir renegando, también a su modo: “Yo no sé los periodistas por qué dejan pasar los mejores temas, si están ahí a la vista de todos. Ojalá yo tuviera tiempo de escribir de todas esas cosas”. Así es el intenso Alberto, un hombre urgido de contar y de contarse, un enamorado del periodismo y de la fotografía.

Intensa-mente de la Universidad

 “Los lectores de este mensaje comprenderán que una institución de la trayectoria histórica como la Universidad de Antioquia […] tiene que […] erradicar en sus funcionarios actitudes y comportamientos propios del oscurantismo medieval”. Con estas palabras concluyó Alberto su carta abierta “¿Y por qué echaron a Mascarozf de la Universidad de Antioquia?”.

En aquella carta que Alberto puso a circular en la Universidad días después de que lo declararan insubsistente, a finales de 2012, él expresa toda su indignación por aquel hecho, que considera injusto, entre otras razones porque está convencido de que el despido es una manera de censura, pues uno de sus detonantes fue la publicación de un artículo en el periódico alma mater. Y no nos adentraremos más en los detalles de aquel proceso, pero sí había que mencionarlo aquí, porque Alberto pasó la mayor parte de su vida profesional al servicio de la Universidad de Antioquia, al frente de la Oficina de Información y Prensa, desde donde cumplió una importante labor como editor del periódico alma mater, en el cual, acorde con sus convicciones de periodista, procuró el ejercicio de una labor sin censuras, donde primara la libertad de expresión de las distintas voces universitarias. Él amaba la Universidad, y por eso aquel despido le significó uno de los eventos más dolorosos en su vida, un trago amargo del que no tuvo tiempo de reponerse, como lo dijeron sus palabras y también sus gestos en las últimas ocasiones en que nos vimos.

Intensa-mente de familia

Alberto también es un hombre de contrastes, voluble, demasiado emotivo, y por ello impredecible. En síntesis, es muy humano. De él no puede esperarse que sea condescendiente con la opinión del otro. Argumentará con firmeza hasta el final, y si llega a concluir que está equivocado mejor se callará antes que reconocerlo. El orgullo es parte de su profunda humanidad. Y está muy ligado a la vanidad que se le nota en cada poro, o digamos más bien en cada músculo, pues en parte por su obsesión por la salud, que tal vez se ha acentuado desde que su hermano murió por problemas cardíacos, él pone más atención a su cuidado físico, pero asimismo se muestra orgulloso de su cuerpo de 61 años tonificado por el trabajo en el gimnasio, y por las sesiones de trote bajo el sol del mediodía en la Universidad —cuando todavía era empleado aquí—.

Pero su principal motivo de orgullo es su familia. En este punto no hay lugar a dudas: con una lealtad férrea por su esposa, cada que tiene la oportunidad deja ver el gran amor que siente por María Elena y por sus tres hijos, Sara, Sebastián y Santiago. Eso se notaba en la alegría y el orgullo con la que hablaba de ellos; y también en el entusiasmo que mostraba como abuelo: Sofía y Angélica eran un nuevo motivo de orgullo y de alegría para él.

En todos ellos, su familia, estaba pensando hace unos dos meses cuando, en la última ocasión en que nos encontramos en el billar, nos contó que había decidido retirarse de LA Network, donde estuvo trabajando después de que culminó sus labores como asesor en la unidad de comunicaciones del exalcalde Aníbal Gaviria. “Me voy a dar un sabático”, dijo con la satisfacción y la esperanza del hombre que estaba a punto de jubilarse; el 13 de julio cumpliría los 62 años.  Siempre tuve la sensación de que su expresividad cuando Javier Londoño y yo coincidíamos con él en el billar, no era solo por la alegría de ver a sus amigos y antiguos compañeros de labores: era una especie de reencuentro con un compatriota en el exilio. Aquella noche también nos recordó que teníamos pendiente volver a visitarlo en su finca de Jardín, en familia.

El pasado 4 de abril, un infarto fulminante interrumpió los planes del intenso Alberto González Mascarozf.

Al rendirle homenaje en este adiós, vale la pena evocar aquella carta abierta, en la que él se despide de todos nosotros cuando advierte que la carta “va dirigida también a la bella comunidad universitaria, como retribución a la despedida que me han brindado con abrazos, estrechones de mano, palabras solidarias y hasta con lágrimas que sé brotan del alma”.

  • Perfil escrito para el periódico Alma Mater, de la Universidad de Antioquia