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La bomba de Gran Buenos Aires

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Años de malas políticas que consolidaron la pobreza amenazan con explotar. El gobierno puso al Ejército a repartir viandas con diez veces la cantidad de soldados necesarios y trae policías del interior.

Son muchas las sustancias sensibles que pueden reaccionar ante una causa externa, como un detonante, y producir una explosión que arrase en un área determinada con todo lo que se encuentra a su alrededor.

Vivimos espantados estos últimos meses por este enemigo silencioso al que los científicos epidemiólogos le pusieron de nombre COVID-19, y la Organización Mundial de la Salud le dio estatus de ciudadano internacional al ponerle el apellido de Pandemia. Hoy ya está aquí, donde aquellos que tenían que vigilar nos indicaron hace un tiempo muy seguros de sí mismos que no iba a ser ni lo fuerte que se prevé ahora que será, ni que llegado el caso iba a alcanzar a la masa de población que se estima terminará infectando. Tomaron conciencia recién nuestros funcionarios, cuando como almaceneros hicieron los números de lo que podía pasar haciendo las proyecciones respectivas, y se dieron cuenta que estábamos a tiempo de tomar medidas, y por suerte, aplaudo, las tomaron, inclusive antes que muchos países latinoamericanos.

Esto no nos va a pegar de la misma manera a todos. Hay quienes solo tienen la cobertura de la salud pública y otros cuentan con una medicina prepaga. Muchas personas viven con todos los servicios de gas, agua corriente, electricidad, cloacas, etcétera, y otros carecen de uno, dos o de todos esos servicios. Algunos tienen trabajo fijo y estable, otros son autónomos, otros monotributistas, y una gran porción de la población vive de la economía informal o perciben todo tipo de contribuciones del Estado. Antes de la pandemia, los beneficiarios ascendían a 19 millones de personas.

Dentro de este último rango y pertenencia, encontramos a ese conglomerado multigeográfico esparcido cual abanico alrededor y dentro mismo de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, que fruto de la politiquería generalizada de nuestros dirigentes, del uso electoral, y de los punteros políticos, y con sus millones de habitantes, nos devuelve una cara horrible de necesidades básicas insatisfechas.

El explosivo, la bomba humana en pata o chancleta mantenida adrede con mala o escasa educación y cultura, de humildes viviendas o de ranchos de chapa, conforma en definitiva los más disimiles elementos de combustión de la mala política de quienes los gobernaron, sumidos siempre en la pobreza, con inmensas necesidades siempre, y con la única esperanza de vivir o subsistir siendo pobres. La bomba se había gestado en el gran Buenos Aires.

En los 24 partidos que lo conforman, se agolpan 9.916.715. Se trata de dos tercios de la provincia de Buenos Aires, y un cuarto de la población total del país. La cifra de hogares con necesidades básicas insatisfechas (NBI) alcanza hasta el 53,5 % en las villas y asentamientos precarios y hasta el 50 % en aquellos de nivel socioeconómico bajo.

Según datos del Observatorio Social de la UCA, más de la mitad de los niños, niñas y adolescentes de 0 a 17 años del GBA viven en la pobreza, y el 13 % en la indigencia. En esta franja etaria, además de no accederse a obra social, mutual o prepaga alguna, un cuarto de ellos no accedió nunca a un médico. Actualmente, la ausencia de clases primarias y secundarias presenciales y las temperaturas templadas evitaron los clásicos contagios de gripe común y bronquiolitis de esta etapa del año. Cuando sucedan ¿cómo evitar el pánico lógico de quienes viven hacinados?

Ahora que el Gobierno Nacional tomó una medida en la generalidad de la emergencia denominada Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio, cuarentena, no hizo un distingo entre los que tenían que quedarse en su casa o cerrar sus negocios o los que no debían ir a trabajar a lugares no esenciales. Las primeras decisiones a la carrera que luego se trataron de acomodar a la realidad que se los llevaba por delante no tomaron en cuenta que millones de personas del Gran Buenos Aires pertenecen a la economía informal, es decir de la economía en negro, viven el día a día. Sin saberlo, o sin importarle, aquellos politiqueros que otrora entre otros fueron dando origen con los años a este engendro geográfico poblacional, volcaron el caldero, o mejor dicho activaron el reloj del explosivo que resultaba ser esta bomba…

Hoy los comedores y ollas comunales del Gran Buenos Aires que venían supliendo al Estado en la alimentación de algún porcentaje de esas personas con reales necesidades, están atendiendo u otorgando comida a niños, jóvenes, viejos y familias por igual, siendo observable que en algunos casos la demanda de alimentos, es decir de gente que concurre a solicitar ese auxilio alimentario, se incrementó en algunos lugares en un 400 %. Horrible y lamentable por donde se lo mire.

Son muchas las sustancias sensibles que pueden reaccionar ante una causa externa, como un detonante, y producir una explosión que arrase en un área determinada con todo lo que se encuentra a su alrededor.

Años de malas políticas que consolidaron la pobreza amenazan con explotar. El gobierno puso al Ejército a repartir viandas con diez veces la cantidad de soldados necesarios y trae policías del interior. Foto: Techo

Eso es lo que es hoy el Conurbano Bonaerense. Un explosivo, una bomba, al que los mismos que la crearon y mantuvieron durante años, ahora no encuentran los manuales para desactivarla mientras el reloj para que explote descuenta horas y minutos. Recuerdan, los políticos más viejos, que el manual decía en alguna de sus partes que mientras dieran dádivas, bolsones de comida, planes de dinero para las más diversas situaciones y les mantuvieran la esperanza de un futuro mejor, la bomba no explotaría.

¿Pero ahora? ¿Qué hará el gobierno con el miedo que se le asoma a flor de piel? Saben y son conscientes que si por un lado mantienen la cuarentena hasta pasada la primera quincena de mayo (que sería lo lógico con matices, ya que esa sería la fecha del pico de contagios y donde comenzarían a apilarse los cadáveres) la estructura no resistiría, mucha gente sin trabajo y con hambre serían imparables en las calles.

No habría fuerza de seguridad policial que pudiera poner freno a un desborde de ese tipo. ¿Será por eso que el ministro Berni empezó a recular en chancletas con su tan mentado e inexistente argumento de reservar el 30 % de la policía para más adelante, y ahora está retirando policías de los pueblos del interior de la provincia para traerlos y hacinarlos en los más diversos lugares a la espera de los sucesos de desborde que se pudieran dar?
¿Será por eso también que las cocinas de campaña del Ejército Argentino que nos regalan guiso tres veces por día y que se manejan con solo seis u ocho soldados van con casi ochenta soldados? ¿Nuestro Ejército ya debe estar en las calles con estas acciones de ayuda social cuando se desborden los límites en el GBA? ¿No hay que mostrar camiones llenos de soldados profesionales saliendo de cuarteles cuando exista el desborde? Da para pensar y analizar.

Hoy al gobierno no le queda ni una manta ignífuga como para tirarla sobre el fuego y tratar de mitigarlo. Esa manta que podríamos llamarla sábana hoy no solamente es corta de largo, sino escasamente ancha. Caminan los funcionarios sobre una cuerda muy floja, ofreciendo un pago de algunos pesos a las personas necesitadas previendo que se iban a anotar para recibirlos unos tres millones y medio de personas, y hasta el día de hoy los inscritos que pueden llegar cobrar van a superar los ocho millones y creciendo. Mucho abuso, pero también una extrema necesidad. El monstruo que crearon está activado y de no hacer las maniobras correctas explotará en toda su magnitud.

Quizá es la última oportunidad para darle a ese 25 % de los argentinos la calidad de vida que merece. Ya que la concordia por el miedo parece reinar entre las fuerzas políticas del país, al menos en superficie, y sería una excelente decisión sanear aquello que estructuralmente es deficiente.
Hace muchos años estudié sobre el proceso de oxidación combustión, que decía que la combustión podía entenderse como las reacciones rápidas de la oxidación. Este proceso daba como resultado una explosión.

La estructura política está oxidada, perimida, impresentable. El detonante son millones de personas que claman por lo que creen que les pertenece y que el Estado paternalista debe darles. Mientras tanto el puntero añejo, el de la mala política, busca desesperado el manual de aquella época que decía como desarmar la bomba.¿Podrá? O veremos al final de la película los saqueos clásicos nuestros de cada crisis…

Columna publicada originalmente en el portal La Política Online

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