Es común ver la indignación y cada vez mayor rechazo de la gente – especialmente de los jóvenes o los denominados millennials-  frente a la contaminación de los vehículos en las vías de nuestras ciudades.  Y a ello también se suma su mirada vigilante ante la contaminación de la industria, que se hace evidente con el humo que sale de las chimeneas de estas factorías en muchas ciudades del planeta.

Este control ciudadano sin duda está bien, pero quiero invitar a los activistas y en general a los ciudadanos, a poner sus ojos en aquello que denomino la contaminación oculta, de la que poco se habla pero que es hoy más fuerte y nociva para nosotros los seres humanos.

El primer gran ejemplo de contaminación oculta es los barcos. Actualmente hay cerca de 33.000 barcos que navegan por el mundo y que generan casi la mitad de emisiones contaminantes que la que despiden a la atmósfera los automóviles de todas las ciudades juntas.

Esta contaminación sucede porque ellos utilizan combustible de bajísima calidad para sus calderas. Sus motores queman fuel oil o gas oil pesados ​​que emiten altas concentraciones de sustancias nocivas, incluyendo metales pesados, hidrocarburos y azufre, así como material particulado carcinógeno.

Un dato de la ONG Transport & Environment en 2015 reveló que “el combustible marino es 2.700 veces más contaminante que el diesel de las carreteras y este último paga anualmente 35 mil millones de euros en impuesto a los combustibles en Europa, mientras que los barcos utilizan combustible libre de impuestos.” No hay duda que la industria marítima es muy poderosa y hasta ahora ha evadido todo tipo de controles.

Y esa falta de controles ha derivado en una cifra alta de mortalidad. Una investigación de 2015 de la Universidad de Rostock y el Centro de Investigación Ambiental Helmholzzentrum de Múnich, ambas entidades alemanas,  estableció un vínculo directo entre las emisiones de escape de los barcos y enfermedades graves, que causan 60.000 muertes al año y que cuestan a los servicios de salud europeos 58 mil millones de euros. Aquí tenemos entonces un enorme problema ambiental sin solucionar.

Un segundo ejemplo de contaminación oculta son los aviones. En 2015 la Agencia Federal del Medio Ambiente en Alemania (UBA) aseguraba que los impactos climáticos del tráfico aéreo “son de dos a cinco veces más grandes que las meras emisiones de CO2”, responsabilizando así al transporte aéreo de cerca del 2,5 por ciento de las emisiones de CO2 en el mundo y del 5 por ciento del efecto invernadero global.

Lo grave de estas emisiones causadas por los aviones es que son aún más dañinas, debido a que además de dióxido de carbono incluyen azufre, humo, vapor de agua y óxido de nitrógeno. Este último forma a su vez ozono troposférico, que es altamente perjudicial para el medio ambiente.

Las empresas aéreas son observadas y se ha discutido si se les cobra un impuesto para contrarrestar su alta contaminación, pero justamente países como Estados Unidos, China o Rusia (los mayores contaminantes) se han opuesto a tributos de este tipo, porque harían menos competitivo el sector y obligarían a incrementar los precios de los tiquetes aéreos.

Y un tercer ejemplo de contaminación oculta son los propios vehículos eléctricos. Y esto porque si uno quiere evaluar un producto tiene que empezar a analizar desde el momento mismo de su producción. Y la pregunta es: ¿qué se tiene que hacer para producir un automóvil de este tipo? El auto usa aluminio y para derretirlo hay que calentarlo y eso se hace en calderas; igualmente tiene vidrios y en su producción también se usan calderas;  hay que revisar también la disposición final de las baterías, ya que no le hemos encontrado una solución ciento por ciento limpia como repotenciar o reutilizar; y por último, incluso si ese vehículo fue importado y está cero kilómetros en la vitrina del punto de venta, ya contaminó porque fue transportado en barco.

La reflexión final sobre esta contaminación oculta es que tenemos que ser conscientes que todo lo que nosotros consumimos o compramos, genera un grado de contaminación. Solo en un aspecto como el transporte ya se contamina – y como vemos en cantidades alarmantes-,  e incluso un empaque o una etiqueta pasó por un proceso que contamina.

Como ciudadanos, debemos hacer visible esta contaminación oculta, exigir que haya mayores controles a sectores como el naviero, el aéreo, el automotriz o el industrial, pero sobre todo, ser conscientes de mis propios impactos y medir mi huella de carbono. Por ejemplo, en el caso de los vuelos aéreos, hay aplicaciones y sitios web que te ayudan a calcular tu contaminación en un viaje y cómo puedes compensar.

Y por último, tener claro que nadie puede decir: ¡yo no contamino! Todos los hacemos. El hombre para estar vivo inevitablemente contamina. El reto es contaminar cada vez menos.

Hasta pronto y gracias por su lectura.