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Migración y resiliencia: un nuevo desafío para las ciudades latinoamericanas

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El fenómeno social de la migración, ha mostrado a lo largo de la historia de la humanidad, una magnitud, complejidad e impacto sin precedentes, impulsando crisis humanitaria, conflictos sociales, políticos y económicos, así como también, convirtiéndose en uno de los temas sociales de mayor relevancia en la actualidad. Dentro de la complejidad de estos flujos migratorios, se destaca el impacto que los migrantes tienen en la ciudad o centro urbano de acogida, siendo este factor, un descriptor de conflictos sociales que caracterizan a muchas ciudades, en especial aquellas que no están preparadas para afrontar el crecimiento demográfico no planificado que representa la llegada de migrantes.

Para ello, conviene resaltar que la migración internacional es una realidad pluridimensional de gran relevancia para el desarrollo de los países de origen, tránsito y destino, para lo cual se exigen respuestas coherentes e integrales, por lo que la cooperación debe dirigirse también hacia la resiliencia de las comunidades que acogen a los refugiados, particularmente cuando son países en vías de desarrollo (Naciones Unidas, 2015). La resiliencia social que hace mención las Naciones Unidas se refiere a la capacidad de las comunidades de prepararse, adaptarse y recuperarse frente a una crisis, ya sea ambiental, social o de cualquiera otra índole. Por otra parte, el concepto de resiliencia si bien nace en la década de los 60 dentro de la Psicología, la aplicación de su enfoque se ha expandido a múltiples disciplinas y dimensiones sociales.

En lo que  respecta a las ciudades, de acuerdo a Naciones Unidas (2015), una ciudad resiliente es aquella que “evalúa, planifica y actúa para prepararse y responder a peligros naturales y creados por el hombre, repentinos y de inicio lento, esperados e inesperados, a fin de proteger y mejorar la vida de las personas, asegurar los beneficios del desarrollo, fomentar un entorno de inversión e impulsar un cambio positivo”. En este complejo proyecto social, se agrupan tres características fundamentales que toda ciudad debe cumplir para considerarse resiliente:

  • En primer lugar, tiene que tratarse de una ciudad persistente, entendida esta como una ciudad que se anticipa a los posibles impactos y, por tanto, puede mantener y restablecer los servicios básicos durante y después del fenómeno que haya producido el perjuicio.
  • En segundo lugar, una ciudad no es resiliente sino sabe adaptarse, es decir, debe considerar no solo los riesgos previsibles, sino también aceptar la incertidumbre actual y futura aportando respuestas dinámicas que transformen el cambio en oportunidad.
  • Por último, una ciudad resiliente debe ser inclusiva, de manera que fomente la cohesión social y potencie la participación integral y significativa en todos los procesos de gobernanza con el fin de desarrollar la ansiada resiliencia.

Con la relevancia que representan las migraciones a comienzos del siglo XXI, los migrantes desempeñan una función significativa en las comunidades de acogida. Dadas las oportunidades que representan las ciudades para acceder a mejor nivel de bienestar, la mayoría de los migrantes buscarán trasladarse probablemente a las que le ofrezcan mayor bienestar y oportunidades para así también, fortalecer su capacidad de resiliencia ante las adversidades como migrante. Sin embargo como destaca la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) (2015), si no se gestionar la migración de manera correcta, la migración se traduce en exclusión, conflicto social y aumento de las vulnerabilidades de las personas que migran y las comunidades de acogida, debido a las barreras existentes de acceso a los servicios básicos, empleo y seguridad, que los impulsa a vivir en contextos de segregación y exclusión, desempeñando trabajos mal remunerados, en condiciones de explotación, abuso y vulnerables a enfermedades.

También se observa que los migrantes ante la ausencia de medidas preventivas por parte de las ciudades de acogida, se verán en la necesidad de ocupar tierras en zonas de riesgo, en viviendas inadecuadas sin los servicios básicos que se requieren para prevenir desastres o hacer frente a ellos, acrecentando las posibilidades de accidentes e incrementando los cinturones de pobreza y miseria que caracterizan a muchas de las ciudades en el mundo, en especial las que han crecido sin la debida planificación y políticas de desarrollo. Es por estos que la OIM (2015) recomienda que sean los propios migrantes los que desempeñen un papel fundamental en la creación de resiliencia, por lo que su participación en los procesos de planificación para la gestión del riesgo de desastres debe ser considerada.

El caso de las ciudades de América Latina y  el Caribe, la migración y su capacidad de resiliencia, merece especial atención debido a los siguientes aspectos:

  • En primer lugar, son ciudades que albergan casi el 80% de la población en virtud de los desplazamientos rurales explorando oportunidades.
  • El segundo lugar, millones de latinos han emigrado hacia otras regiones ya sea buscando nuevas alternativas, huyendo de los conflictos políticos propios de la región o emigrando por la violencia que bosqueja gran parte de las ciudades.
  • Por últimos, son espacios urbanos que han crecido de manera irregular, con los marcados índices de pobreza y desigualdad que delinean la cotidianidad en las ciudades latinoamericanas, e improvisando en el diseño y aplicación de políticas de planificación urbana sin perspectivas claras sobre su futuro y de cómo afrontar los problemas.

De acuerdo a Naciones Unidas, para 2013 un 4,6% de la población que vive en Argentina es extranjera, es decir, casi dos millones de personas, siendo para el momento del estudio, el primer país en América Latina y el Caribe en acoger migrantes y el número 29 a nivel global. Gran parte de estos migrantes provienen de Paraguay, Bolivia y Chile. Con la aparición de la crisis humanitaria en Venezuela y el repunte de la migración centroamericana, el contexto de acogida de migrantes en la región comenzó a dar un giro inesperado para muchas ciudades latinas que han tenido que afrontar sin planificación, el impacto que la migración representa.

Desde Venezuela a Colombia y a los países del sur del continente, así como del triángulo de América Central (Guatemala, Honduras y El Salvador), millones de personas, en mayor porcentaje vulnerables, han emigrado por las múltiples causas que han originado estos flujos de nacionales que no encuentran en su país de origen, las condiciones para llevar una vida estable, ubicándose en ciudades que están lidiando por ofrecer condiciones a sus connacionales, pero que ahora se le suma la llegada masiva de migrantes. Para muchos de los migrantes latinoamericanos, las oportunidades que ofrece Europa, Estados Unidos o Australia por citar algunas regiones, se convierten en una meta difícil de alcanzar, por lo que se ubican en las ciudades más próximas o vecinas o en las que cuentan con apoyo para llegar y lograr estabilidad.

Con casi cuatro millones de venezolanos que han emigrado de forma regular desde 2015 de acuerdo a OIM (2019) y un millón doscientos centroamericanos aproximadamente que han emigrado de manera regular hasta 2017 de acuerdo a Naciones Unidas, son cifras elocuentes que muestran un latente y creciente conflicto social que impacta en las ciudades latinoamericanas de acogida y que requiere de respuestas basadas en un enfoque de resiliencia. A estas cifras, también se suman, haitianos, dominicanos y cubanos que migran buscando oportunidades. Es por ello por lo que las ciudades latinoamericanas se verán fuertemente impactadas por el fenómeno de la migración, presionadas en la oferta de servicios y culturalmente. Sin embargo, y tal como lo reconocen los organismos internaciones, la migración es también una oportunidad para las ciudades

Todo este contexto migratorio en una región que de acuerdo a la CEPAL (2019) se mantuvieron los índices de pobreza (30,2% de la población) hasta finales de 2018, es decir, 184 millones de personas, de los cuales 62 millones se encuentran en pobreza extrema, no presagia un panorama favorable para los millones de migrantes que llegan a las ciudades en búsqueda de oportunidades. Lograr articular en los planes de desarrollo y aprovechar las oportunidades que ofrece una migración segura y ordenada, sumado a un enfoque de resiliencia, puede contribuir a aminorar el impacto que genera la migración. Mas allá de estos planteamientos, las políticas que se adopten deben procurar un cambio en las políticas migratorias y unas nuevas perspectivas que apunten a mejorar la capacidad de resiliencia de nuestras ciudades.

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